Un francés de 1688 describió una borrachera como si fuera cosa de otro planeta
Jean de La Bruyère tuvo una idea en 1688: contar la costumbre europea de beber como si la practicara un pueblo lejano. Lo que sale es tan raro que da un poco de vergüenza reconocerlo.

Imagina que te lo cuentan de una tribu remota: «Tienen la costumbre de tomar un líquido que se les sube a la cabeza, les quita el juicio y les hace vomitar. Y lo hacen a menudo. Y lo celebran». Lo normal es que pienses que esa gente tiene un problema bastante serio. Pues el problema lo tenemos nosotros, y un francés con peluca ya nos lo dijo hace más de tres siglos.
El francés era Jean de La Bruyère y el libro, Los caracteres, que publicó en 1688. En uno de sus fragmentos más breves propone justo ese experimento. Si nos dijeran que los «orientales» (así llamaban entonces, sin mucho detalle, a medio mundo) beben con frecuencia un licor que los emborracha, los deja sin razón y los hace vomitar, diríamos, según el autor:
«¡Qué cosa más bárbara!»Lo de la última página ya no hace falta que lo diga: los que hacen eso somos nosotros.
El truco del antropólogo marciano
El truco de La Bruyère sigue funcionando porque es muy sencillo. Coges algo que haces sin pensar, lo describes con palabras neutras, como si fuera cosa de desconocidos, y lo miras desde fuera. De pronto, lo que era de lo más normal parece un ritual rarísimo.

Hagamos la prueba con una noche de viernes cualquiera, contada por un antropólogo recién llegado de otra galaxia:
- Los habitantes pagan por entrar en recintos oscuros donde la música está tan alta que no se oyen entre ellos. Luego salen y comentan que se lo han pasado muy bien hablando.
- Brindan chocando los recipientes, al parecer para desearse salud mientras toman lo que les quita la salud.
- A la mañana siguiente sufren dolor de cabeza, náuseas y arrepentimiento. Los síntomas duran horas y la costumbre se repite a la semana siguiente.
- Lo más desconcertante: uno de los remedios populares para el malestar es tomar un poco más del mismo líquido.
Visto así, el marciano toma notas con cara de preocupación. Y no le falta razón.
Quién era este señor tan observador
La Bruyère (1645-1696) no era un aguafiestas profesional, sino un moralista, una figura muy de su época: gente que observaba la conducta humana y la resumía en frases afiladas. Durante años fue preceptor en la casa de los Condé, una de las grandes familias de la nobleza francesa, así que tuvo asientos de primera fila para ver vanidades, intrigas y excesos de todo tipo.

Los caracteres empezó como un complemento a su traducción de Teofrasto, un autor griego que había escrito retratos de tipos humanos: el adulador, el charlatán, el tacaño. La Bruyère adaptó la idea a la Francia de Luis XIV y el libro fue creciendo en ediciones sucesivas con nuevos retratos y reflexiones. Tuvo tanto éxito que muchos lectores se dedicaban a adivinar a qué personaje real de la corte correspondía cada retrato. Algo así como los cotilleos de hoy, pero con mejor prosa.
La lección va más allá del vino
La gracia del fragmento no está en sermonear a los bebedores. Su blanco es otro: la facilidad con la que llamamos «bárbaro» a lo ajeno y «tradición» a lo propio. Tenemos un doble rasero y apenas lo notamos. La costumbre de los demás nos parece extraña y la nuestra, sencillamente, «lo que se hace».

Pasa con casi todo. Pagar por correr 42 kilómetros hasta acabar agotado, meterse en agua helada en pleno enero por gusto o hacer cola de madrugada por un aparato que dentro de dos años estará obsoleto. Cualquiera de estas cosas, contada como costumbre de un pueblo lejano, provocaría la misma reacción que describía La Bruyère. Nosotros las llamamos afición, reto o ilusión.
No hace falta dejar de hacerlas, claro. Basta con recordar que, desde fuera, a lo mejor somos nosotros los raros.
Por qué importa
Este fragmento de 1688 aguanta muy bien el paso del tiempo porque se adelanta a una idea que luego desarrollarían la antropología y la psicología: juzgamos lo ajeno con una vara y lo propio con otra. El ejercicio de La Bruyère, describirnos como si fuéramos extranjeros, sigue siendo una de las formas más baratas y eficaces de pensar mejor. Y de paso sirve para relativizar la próxima vez que algo de otra cultura nos parezca rarísimo. Seguramente, para ellos, lo raro de verdad es el brindis.
- Veritas — Futility Closet
- Jean de La Bruyère — Wikipedia
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