EDICIÓN Nº 026 · Sábado 10 oct 2026
Curiosidades

El efecto Ringelmann: cuanta más gente tira de la cuerda, menos tira cada uno

En 1913, un ingeniero agrónomo francés demostró con una cuerda que cuanto más grande es el grupo, menos se esfuerza cada miembro. Las hormigas guerreras no se han enterado.

Redacción2026-10-10efecto Ringelmann · psicología social · trabajo en equipo · hormigas · curiosidades científicas
Army Ants Genus- Eciton (11057740974)
Foto: Brian Gratwicke from DC, USA · CC BY 2.0 · Wikimedia Commons · realzada
Eciton burchellii Illustration
Foto: Illustration by Nathalie Escure. · CC BY 2.5 · Wikimedia Commons

Todos hemos estado en ese trabajo en grupo. Cinco personas, una presentación y, por algún misterio de la física, el esfuerzo total equivale al de una persona y media con sueño. Lo bueno es que no es culpa tuya, o al menos no del todo: es un fenómeno con nombre y apellido francés y más de un siglo de historia. Se llama efecto Ringelmann y se descubrió de la forma más sencilla posible: poniendo a gente a tirar de una cuerda.

Un ingeniero, una cuerda y una decepción colectiva

Maximilien Ringelmann era ingeniero agrónomo y le preocupaba algo muy práctico: cuánta fuerza útil se saca de personas, animales y máquinas en el trabajo del campo. Para medirlo, pidió a varios voluntarios que tiraran de una cuerda conectada a un dinamómetro, primero solos y luego en grupos cada vez más numerosos. Publicó los resultados en 1913.

Eciton sp. (Army Ants)
Foto: Casper Palmer · CC BY 4.0 · Wikimedia Commons

La lógica dice que, si una persona tira con una fuerza X, dos tirarán con 2X y ocho con 8X. La realidad dijo otra cosa. Según el reanálisis que hicieron en 1986 los psicólogos David Kravitz y Barbara Martin, los datos de Ringelmann muestran que cada miembro de una pareja rendía aproximadamente un 93 % de lo que rendía solo; en un trío, un 85 %, y en un grupo de ocho, apenas un 49 %. Dicho de otro modo: en el equipo de ocho, cada uno tiraba como medio voluntario.

Ringelmann apuntó dos sospechosos. El primero, la coordinación: cuanta más gente hay, más difícil es que todos tiren a la vez y en la misma dirección. El segundo es más humano y menos elegante: cuando hay muchas manos en la cuerda, cada una se relaja un poquito pensando que las demás ya se encargan.

El arte de escaquearse tiene nombre científico

Durante décadas el hallazgo durmió en un cajón hasta que la psicología social lo rescató. En 1974, un equipo encabezado por Alan Ingham repitió la prueba de la cuerda con un truco muy cruel: vendó los ojos a los participantes y les hizo creer que tiraban en grupo cuando en realidad tiraban solos, porque los «compañeros» de detrás solo fingían. Resultado: la gente aflojaba igualmente. Eso demostraba que no todo era cuestión de coordinación; había una parte de pura relajación mental.

Eciton burchellii
Foto: Smartse · CC BY-SA 3.0 · Wikimedia Commons

En 1979, Bibb Latané, Kipling Williams y Stephen Harkins le pusieron a esa relajación una etiqueta que ha hecho fortuna: social loafing, algo así como «holgazanería social». En sus experimentos pedían a la gente que aplaudiera o gritara lo más fuerte posible, sola o en grupo, y el ruido por cabeza bajaba a medida que crecía la multitud. Ni siquiera para hacer jaleo somos fiables en masa.

La investigación posterior ha encontrado algunos antídotos bastante razonables:

  • Que se note la aportación de cada uno. Si tu esfuerzo es identificable, el escaqueo baja.
  • Que la tarea importe. Nadie afloja tanto cuando el objetivo le parece significativo.
  • Grupos más pequeños. Menos manos, menos sitio para esconderse.

Mientras tanto, en la selva, las hormigas se ríen de nosotros

Y aquí llega la humillación evolutiva. Las hormigas guerreras del Neotrópico, como Eciton burchellii, hacen justo lo contrario. El biólogo Nigel Franks estudió en los años ochenta cómo transportan presas en equipo y observó que esos grupos pueden cargar piezas más pesadas de lo que sumarían sus miembros por separado. Es decir: donde nosotros restamos, ellas suman con premio.

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Foto: rodrigo_lazaro · CC BY 4.0 · Wikimedia Commons

El secreto parece estar en una organización exquisita: los equipos se forman con el tamaño justo, se colocan de forma que la carga queda equilibrada y nadie se dedica a mirar el móvil. Ventaja injusta, eso sí: una hormiga no tiene móvil, ni reunión a las cinco, ni la sospecha de que Marcos de Contabilidad no está haciendo nada.

Así que la próxima vez que alguien proponga «hacerlo entre todos», recuerda que la ciencia lleva más de cien años advirtiendo de que «entre todos» a menudo significa «entre unos pocos, con los demás haciendo bulto». Las hormigas lo hacen mejor, pero claro, ellas no tienen que ponerse de acuerdo sobre la tipografía de las diapositivas.

Por qué importa

El efecto Ringelmann no es solo una anécdota de cuerdas y voluntarios: explica por qué los equipos enormes no siempre rinden más, por qué las reuniones multitudinarias se eternizan y por qué repartir responsabilidades claras funciona mejor que confiar en la buena voluntad colectiva. Entenderlo ayuda a diseñar grupos de trabajo, clases o proyectos donde cada persona sepa qué aporta y vea que importa. Y, de paso, nos recuerda con humildad que una colonia de hormigas puede darnos lecciones de trabajo en equipo.

FuentesResumen propio de la redacción a partir de las fuentes citadas; no es una traducción.

Texto generado con inteligencia artificial a partir de las fuentes citadas, sin revisión humana individual (Reglamento UE 2024/1689, art. 50). Las fotos llevan su crédito y licencia; las marcadas como realzadas se han retocado con IA sin alterar su contenido.

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