Cuando los bibliotecarios archivaron una foca, un microscopio y unos huesos que no lo eran
En 1878, el bibliógrafo Henry Wheatley recopiló libros que acabaron en la estantería equivocada por culpa de su título. Hay poesía clasificada como Óptica y estrellas de mar en Astronomía.

Imagina que entras en una biblioteca del siglo XIX buscando un buen tratado de zoología y te llevas a casa un ensayo sobre las meteduras de pata verbales. O que pides algo de anatomía y te dan el manual de una calculadora. No es ninguna broma. Pasaba de verdad, y alguien se tomó la molestia de apuntarlo.
Ese alguien fue Henry Wheatley, un bibliógrafo británico que en 1878 publicó una monografía con un título muy de su época: What Is an Index? («¿Qué es un índice?»). Entre reflexiones muy serias sobre cómo ordenar el conocimiento, Wheatley incluyó una lista de libros que habían dado guerra a los catalogadores. Algunos habían terminado en secciones que no tenían nada que ver con su contenido. ¿El motivo? Que alguien se fio del título y no pasó de la portada. Lo ha recuperado hace poco el blog de curiosidades Futility Closet, y la lista es una joya.
El zoológico que nunca existió
La sección de Zoología se llevó dos de los casos más sonados. El primero es el Essay on Irish Bulls, de la escritora Maria Edgeworth. En inglés, un bull es un toro, sí, pero también una expresión que se contradice a sí misma, uno de esos disparates verbales que suenan bien hasta que te paras a pensarlos. El ensayo trataba de lenguaje y no de ganadería, pero el título bastó para mandarlo a la estantería de los rumiantes.

El segundo caso es todavía mejor: un tratado sobre el Gran Sello de los Estados Unidos. En inglés, sello se dice seal… igual que foca. Así que el emblema oficial de un país terminó, sobre el papel, compartiendo balda con los mamíferos marinos. Seguro que algún lector buscaba información sobre pinnípedos y se encontró con un águila calva y trece estrellas.
Las estrellas también tienen su anécdota. El naturalista alemán Johann Heinrich Linck escribió un tratado sobre estrellas de mar, De stellis marinis liber singularis. ¿Dónde lo colocaron? En Astronomía, claro. Si en el título pone «estrellas», toca mirar al cielo, aunque el libro hable de bichos que viven en el fondo del mar.
Huesos que calculan y microscopios que insultan
El caso más tierno es el de los «huesos de Napier». El matemático escocés John Napier, el mismo de los logaritmos, inventó a principios del siglo XVII un sistema de varillas numeradas para multiplicar y dividir sin tantos sudores. En inglés se conocían como Napier's bones, porque muchas se tallaban en hueso o en marfil. Bastó con eso para que una descripción del invento acabara en Anatomía, como si la calculadora de bolsillo del Renacimiento fuera un esqueleto.

Luego está el poeta Algernon Charles Swinburne, que en 1872 publicó Under the Microscope («Bajo el microscopio»). No era un manual de laboratorio, sino un texto incendiario contra el crítico Robert Buchanan, con quien se llevaba a matar en lo literario. El título prometía lentes de aumento y el contenido era pura artillería verbal. Lo archivaron en Instrumentos Ópticos. Para ser justos, Swinburne sí examinaba a su rival con mucho detalle.
La lista se cierra con un poemario titulado The Viol and the Lute («La viola y el laúd»), que acabó en Instrumentos Musicales. Este error casi se perdona: al menos los poemas tienen ritmo.
El problema de juzgar un libro por su título
Detrás de las risas hay un problema que cualquiera que haya ordenado algo conoce bien. Clasificar es decidir de qué va una cosa, y eso no siempre se nota a primera vista. En el siglo XIX, con catálogos hechos a mano y bibliotecas que crecían sin parar, el atajo de mirar solo el título salía barato… hasta que salía caro. Por eso Wheatley insistía en que un buen índice exige leer y entender, no solo copiar palabras.

- Errores por doble sentido: bull (toro y disparate) o seal (sello y foca).
- Errores por metáfora literal: estrellas de mar en Astronomía.
- Errores por apodo: los «huesos» de Napier, que eran una herramienta de cálculo.
Ciento cincuenta años después, la tentación sigue ahí. Los algoritmos que etiquetan contenidos también tropiezan con los dobles sentidos, la ironía y las metáforas. Cambia el soporte, pero el problema se parece bastante.
Por qué importa
La lista de Wheatley recuerda algo muy útil en plena era de los buscadores: encontrar información depende de lo bien que esté clasificada, y clasificar bien pide comprender, no solo leer por encima. Cada vez que una búsqueda te devuelve algo absurdo, en el fondo estás viendo a un pariente lejano de aquel catalogador victoriano que archivó una foca donde iba un sello. Y si alguna vez buscas un libro sobre estrellas, mira también en la sección de biología marina, por si acaso.
- Shelf Concepts — Futility Closet
- Ábaco neperiano — Wikipedia
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