El asteroide que acabó con los dinosaurios les dejó el planeta a las hormigas
Un estudio de 163 genomas apunta a que, tras el impacto de hace 66 millones de años, los «genes saltarines» ayudaron a las hormigas a diversificarse y a afinar su olfato social.

Hace unos 66 millones de años, una roca espacial del tamaño de una ciudad se estrelló contra la Tierra y despidió a los dinosaurios de la forma más brusca posible. Durante décadas, el gran ganador oficial de aquella catástrofe ha sido el grupo de los mamíferos: nosotros, nuestros gatos y el vecino que pone la lavadora a las once de la noche. Pero ahora aparece otro aspirante al trono, mucho más pequeño, mucho más numeroso y con bastante peor carácter cuando le pisas el hormiguero.
Un equipo internacional dirigido por Lukas Schrader, del Instituto de Evolución y Biodiversidad de la Universidad de Münster (Alemania), propone que el asteroide también preparó el escenario para que las hormigas conquistaran el mundo. Y que lo hicieron con la ayuda de un truco escondido en su ADN: los llamados genes saltarines.
Genes que no se están quietos
Los elementos transponibles, conocidos popularmente como genes saltarines, son trozos de ADN capaces de copiarse o moverse de un sitio a otro del genoma. Durante mucho tiempo se les consideró una especie de okupas genéticos, «parásitos genómicos» que se multiplicaban sin aportar nada útil. Hoy se sabe que esa imagen se queda corta: al cambiar de sitio pueden alterar genes, duplicarlos o crear material nuevo con el que la evolución puede experimentar. Algo así como un compañero de piso caótico que, de vez en cuando, reorganiza la cocina y resulta que queda mejor.

Para comprobar su papel en la historia de las hormigas, los investigadores analizaron los genomas de 163 especies, que representan 12 de las 16 subfamilias de hormigas que existen hoy. Con esos datos reconstruyeron cómo evolucionaron estos elementos móviles y cómo varió su actividad a lo largo de unos 100 millones de años.
El resultado tiene su miga. Los linajes de hormigas con más genes saltarines tienden a ser también los que cuentan con más especies vivas. Y varios de los grandes linajes vivieron, por separado, auténticos estallidos de actividad de estos elementos a comienzos del Paleógeno, justo en la época del impacto. Poco después, esos mismos grupos se diversificaron en miles de especies.
Del meteorito al olfato
¿Qué pinta un asteroide en todo esto? Según Schrader, el impacto tuvo consecuencias drásticas para el medio ambiente: ecosistemas arrasados, nichos vacíos y un mundo entero por repoblar. En ese contexto revuelto, tener un genoma «inquieto» pudo ser una ventaja para adaptarse rápido a lo que viniera.

La pista más interesante tiene que ver con la nariz, o mejor dicho, con las antenas. Los investigadores vinculan los genes saltarines con la expansión de las familias de genes de los receptores olfativos, las piezas moleculares que permiten a las hormigas detectar e interpretar señales químicas. Y en una colonia de hormigas, el olor lo es casi todo: sirve para reconocer a las compañeras, marcar caminos hacia la comida, dar la alarma o distinguir a la reina. Es su WhatsApp, su GPS y su DNI, todo en uno y sin necesidad de cobertura.
Si los genes saltarines ayudaron a multiplicar y diversificar esos receptores, las hormigas habrían ganado un sistema de comunicación más rico. Y una sociedad que se comunica mejor se organiza mejor, coloniza más ambientes y, con el tiempo, se divide en más especies. Los autores lo describen como el mecanismo genómico que conecta aquellos cataclismos ecológicos con la rápida diversificación posterior de las hormigas.
«El impacto del asteroide tuvo consecuencias drásticas para el medio ambiente», resume Lukas Schrader, de la Universidad de Münster.
Un éxito de 15.000 especies
Las hormigas forman la familia de insectos sociales más grande del planeta, con más de 15.000 especies descritas. Están en casi todos los continentes y ecosistemas, y cualquiera que haya dejado una magdalena en la encimera sabe lo eficientes que pueden llegar a ser.

El estudio no es el primero que relaciona estos elementos con la aparición de especies nuevas: trabajos anteriores ya habían encontrado patrones parecidos en primates y murciélagos. Lo que aporta este es una visión a gran escala en uno de los grupos animales con más éxito evolutivo de la Tierra.
Conviene, eso sí, mantener el rigor: los autores hablan de coincidencia en el tiempo y de una relación probable, no de una receta cerrada del tipo «meteorito más genes saltarines igual a imperio hormiguero». La propia nota de prensa no detalla qué subfamilias concretas vivieron esos estallidos ni qué receptores en particular se multiplicaron, así que quedan piezas por encajar.
El trabajo se ha publicado en Science Advances con el título «Transposable elements as evolutionary catalysts of ant macrodiversity» (Schrader, Rinke, Errbii, Teresi, van den Bos, Xiong, Vizueta, Boomsma, Gadau y Zhang, 2026; DOI: 10.1126/sciadv.aee0306).
Por qué importa
Este estudio nos recuerda que las catástrofes no solo destruyen: también abren huecos que otros aprovechan, y que el ADN «basura» o «parásito» puede ser un motor de innovación evolutiva. Entender cómo las hormigas convirtieron el fin del mundo de los dinosaurios en su gran oportunidad ayuda a explicar por qué hoy hay tantas, tan organizadas y tan presentes en todas partes. La próxima vez que veas una fila de hormigas camino de tu azucarero, piénsalo: llevan 66 millones de años perfeccionando ese recorrido, y tienen un asteroide al que darle las gracias.
- The asteroid that killed the dinosaurs may have helped ants conquer the world — ScienceDaily (nota de la Universidad de Münster)
- Transposable elements as evolutionary catalysts of ant macrodiversity — Science Advances
Texto generado con inteligencia artificial a partir de las fuentes citadas, sin revisión humana individual (Reglamento UE 2024/1689, art. 50). Las fotos llevan su crédito y licencia; las marcadas como realzadas se han retocado con IA sin alterar su contenido.

Comentarios