Un reptil de 245 millones de años conserva estómago, hígado e intestinos
Austronaga minuta medía unos 60 centímetros, nadaba como pocos en el Triásico y ha llegado hasta hoy con sus tripas fosilizadas. Es el aparato digestivo de reptil casi completo más antiguo que se conoce.

Los fósiles suelen ser poca cosa: huesos, algún diente, con mucha suerte una huella. Lo blando (músculos, vísceras, la cena de ese día) se pudre y desaparece mucho antes de que la roca pueda conservarlo. Por eso llama tanto la atención un animalito de hace 245 millones de años que ha llegado a nuestros días con el estómago, el hígado y los intestinos en su sitio. Ya quisieran muchos táperes de oficina durar tanto.
El protagonista se llama Austronaga minuta. El fósil está en Pekín y lo ha descrito un equipo internacional en la revista Science Advances. Según la nota de prensa difundida por ScienceDaily, es el aparato digestivo de reptil casi completo más antiguo que se conoce.
Un reptil pequeño y de cuello largo
Lo de minuta no es casualidad: el animal medía unos 60 centímetros, más o menos lo que un gato estirado. Vivió en el Triásico Medio, cuando los dinosaurios todavía no mandaban en el planeta y los mares estaban llenos de reptiles que probaban distintas formas de vivir en el agua.

Su cuerpo dejaba claro a qué se dedicaba:
- Cuello y cola alargados, muy propios de un nadador.
- Patas delanteras en forma de aleta, que le servían para dirigir el rumbo.
- Patas traseras reducidas, porque en el agua ya no le hacían mucha falta.
Lo curioso es su familia. Los autores lo clasifican como un arcosaurio troncal, es decir, un pariente lejano del linaje que con el tiempo daría lugar a cocodrilos, dinosaurios y aves. Casi todos sus primos se quedaron en tierra firme, pero Austronaga se fue a vivir al mar y se adaptó a fondo. Viene a ser el miembro de la familia que se muda a la costa y en dos años ya va en neopreno a todas partes.
Rayos ultravioleta para mirarle las tripas
Los restos blandos aparecen como una mancha oscura entre las costillas. A simple vista se parece mucho a una sombra sin más. Para saber qué había ahí, el equipo fotografió el fósil con luz ultravioleta y analizó la mancha con espectrometría de masas, una técnica que identifica los compuestos químicos de una muestra.

El resultado fue un mapa bastante claro del interior del animal: un estómago, un hígado y un tramo de intestino. Además, el hígado conservaba rastros de hemoglobina, la proteína que transporta el oxígeno en la sangre. Que quede algo así después de 245 millones de años dice mucho de lo rápido y de lo bien que se enterró el cadáver.
En la investigación han participado, entre otros, Wei Wang, del Instituto de Paleontología de Vertebrados y Paleoantropología de Pekín; Stephan Spiekman, del Museo Estatal de Historia Natural de Stuttgart y la Universidad de Hohenheim, y Nick Fraser, de los Museos Nacionales de Escocia. También han colaborado el Field Museum de Chicago, el Geoparque Nacional de la Biota de Luoping y la Universidad de Zúrich.
Un cuerpo muy especializado con un estómago sencillo
Aquí viene la sorpresa. Por fuera, Austronaga era una máquina de nadar muy afinada. Por dentro, en cambio, su aparato digestivo era sencillo: tenía un estómago de una sola cámara, a diferencia de las aves y los cocodrilos actuales, que tienen estómagos más complejos, y un tubo digestivo corto y sin complicaciones.
Ese tipo de aparato digestivo recuerda al de los reptiles que se alimentan de peces. Encaja con un cazador marino de dieta poco complicada, que no necesitaba triturar ni fermentar nada raro. Vamos, que el cuerpo lo tenía de nadador profesional y el estómago, de menú del día.
Para los paleontólogos, este contraste tiene valor: demuestra que la anatomía exterior y la interior no tienen por qué cambiar al mismo ritmo. Un animal puede transformar por completo sus extremidades para vivir en el agua sin haber “rediseñado” a la vez sus vísceras.
Por qué importa
Los huesos cuentan cómo se movía un animal, pero muy pocas veces cuentan cómo comía o cómo funcionaba por dentro. Fósiles como este permiten reconstruir de forma directa la anatomía blanda de los reptiles más antiguos, comparar sus órganos con los de cocodrilos y aves actuales y entender mejor cómo evolucionó la digestión en una de las ramas más importantes del árbol de los vertebrados. Y de paso nos deja una lección muy poco científica: hay estómagos que aguantan más de 245 millones de años sin quejarse.
Fuente: Wang, W., Spiekman, S., Fraser, N. et al. «Highly aquatic marine stem archosaur with soft tissue preservation». Science Advances, 12(31), 2026. DOI: 10.1126/sciadv.aeb7528. Vía ScienceDaily.
- This 245-million-year-old fossil still has its stomach and intestines — ScienceDaily
- Highly aquatic marine stem archosaur with soft tissue preservation — Science Advances
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