EDICIÓN Nº 024 · Jueves 8 oct 2026
Ciencia

Webb detecta las huellas de choques entre planetas del tamaño de Marte

El polvo de 21 discos de escombros alrededor de estrellas jóvenes conserva la huella mineral de choques planetarios como el que, según la hipótesis principal, formó la Luna.

Redacción2026-10-08James Webb · formación planetaria · astronomía · origen de la Luna · discos de escombros
By the Dozen: NASA's James Webb Space Telescope Mirrors
Foto: NASA (dominio público) · realzada

Hace unos 4.500 millones de años, el sistema solar era un lugar mucho menos tranquilo que hoy. Los planetas rocosos todavía estaban creciendo y los choques entre cuerpos de cientos o miles de kilómetros eran frecuentes. Según la hipótesis más aceptada, uno de esos impactos, el de un objeto de tamaño parecido al de Marte contra la Tierra primitiva, lanzó al espacio el material del que salió la Luna. No podemos volver atrás para verlo, pero el telescopio espacial James Webb ha encontrado otra forma de estudiarlo: observar sistemas jóvenes donde esos choques siguen ocurriendo.

Un equipo dirigido por la astrónoma Kate Su, del Space Science Institute (Boulder, Colorado), ha analizado 21 de los llamados discos de escombros extremos, nubes de polvo caliente que rodean a estrellas jóvenes y que, según los investigadores, son restos de colisiones planetarias recientes. El trabajo se ha publicado en The Astrophysical Journal. Este artículo es un resumen propio a partir del estudio y de la nota de la NASA difundida por ScienceDaily; no es una traducción.

Qué es un disco de escombros extremo

Las estrellas nacen rodeadas de un disco de gas y polvo en el que se forman los planetas. Con el tiempo, el gas desaparece y queda un sistema más o menos ordenado, a menudo acompañado de un tenue anillo de polvo que se renueva con pequeñas colisiones entre asteroides. Los discos de escombros extremos son otra cosa: mucho más brillantes, cálidos y cambiantes. Solo se observan en torno al 1 % de las estrellas jóvenes, lo que sugiere que son una fase breve y violenta.

By the Dozen: NASA's James Webb Space Telescope Mirrors
Foto: NASA (dominio público)

El estudio confirma tres rasgos que los distinguen:

  • Granos de polvo más pequeños que los de los discos protoplanetarios o los discos de escombros habituales.
  • Una cantidad anormalmente alta de polvo caliente.
  • Variaciones irregulares de brillo con el paso del tiempo, detectadas en sus espectros en el infrarrojo medio.

Hasta ahora se conocían casos sueltos, pero faltaba una muestra amplia para compararlos entre sí. Su lo resumió así: «es la primera vez que reunimos suficientes sistemas para entender de verdad esta subclase» (traducción propia).

Cómo leer un choque en el polvo

El equipo combinó observaciones nuevas del instrumento de infrarrojo medio del Webb (MIRI) para 16 de los discos con datos de archivo del ya retirado telescopio Spitzer para los otros cinco. En el infrarrojo, cada mineral deja una firma característica en la luz, así que el espectro del polvo funciona como un análisis químico a distancia.

James Webb Space Telescope Mirrors Will Piece Together Cosmic Puzzles (30108124923)
Foto: Chris Gunn · CC BY 2.0 · Wikimedia Commons

Así, los astrónomos separaron los discos en dos familias:

  • Ricos en sílice (aproximadamente un tercio de la muestra). Su polvo se parece a un vidrio volcánico como la obsidiana. Para fabricarlo hace falta muchísima energía, suficiente para vaporizar roca. Los autores lo interpretan como la huella de choques de alta energía entre cuerpos del tamaño de Marte.
  • Pobres en sílice (unos dos tercios). Dominados por la forsterita, un mineral del grupo del olivino que recuerda a la arena verde de algunas playas hawaianas. Apuntan a impactos menos violentos, como roces de refilón entre objetos del tamaño de la Luna.

Un detalle llamativo: los discos ricos en sílice solo aparecieron alrededor de estrellas de menos de 300 millones de años. Es coherente con la idea de que los choques más brutales ocurren en la etapa temprana de construcción de planetas rocosos. Como referencia, la Tierra y la Luna se formaron unos 100 millones de años después que el Sol.

Para la coautora Ágnes Kóspál, del Observatorio Konkoly (Budapest), estos discos son una oportunidad única, porque no hay otra forma de estudiar directamente esos embriones planetarios: lo que queda tras el choque revela de qué estaban hechos.

Límites del estudio

Los propios autores reconocen que quedan muchas preguntas. La principal es la relación entre la edad y la composición: si los discos ricos en sílice son cosa de la juventud, no deberían aparecer en sistemas más viejos. Pero en la muestra solo hay tres discos extremos de mayor edad, demasiado pocos para confirmarlo. Además, la interpretación de los minerales como "huella" de un tipo de choque concreto depende de modelos de cómo se vaporiza y se recondensa la roca, y 21 sistemas siguen siendo una muestra pequeña para un fenómeno tan raro y variable. Harán falta más observaciones, sobre todo de estrellas de más edad, para comprobar la hipótesis.

James Webb Space Telescope Second Primary Mirror Deployment (NHQ202201080003)
Foto: Bill Ingalls · Public domain · Wikimedia Commons

Por qué importa

Los planetas rocosos, incluida la Tierra, no se forman con calma: crecen a golpes. Hasta ahora, esos golpes se reconstruían sobre todo con simulaciones y con las pistas que dejan las rocas lunares y los meteoritos. Este trabajo ofrece una especie de laboratorio en directo, con decenas de sistemas en plena fase de impactos, y demuestra que el polvo permite distinguir un choque devastador de un simple roce. Entender con qué frecuencia y con qué violencia ocurren estas colisiones ayuda a explicar cómo se formó nuestra Luna, por qué los planetas rocosos tienen la composición que tienen y qué tipo de mundos pueden surgir alrededor de otras estrellas.

Estudio: Kate Y. L. Su, Attila Moór, Ágnes Kóspál, George H. Rieke, Antranik A. Sefilian, Renu Malhotra, Ilaria Pascucci, Alan P. Jackson, Péter Ábrahám y Nicholas P. Ballering. «Extreme Debris Disks: Insights into Violent Collisions in Planet Formation and Destruction». The Astrophysical Journal 1010(1), 2026. DOI: 10.3847/1538-4357/ae88fe. Fuente divulgativa: ScienceDaily / NASA.

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