Ponerle nombre a una gallina hace que algunos niños elijan menos pollo
Un estudio con 199 niños polacos de preescolar muestra que si una gallina tiene nombre y aficiones, eligen menos pollo. Pero el efecto no llega al cerdo y se esfuma si les encanta la carne.

¿Cambia algo que un animal de granja tenga nombre propio? Un equipo de la Universidad SWPS, en Polonia, quiso comprobarlo con niños de preescolar. Su conclusión tiene matices. Si les presentas una gallina con nombre, comida favorita y costumbres propias, algunos niños eligen menos pollo. Pero el efecto tiene límites claros, y el gusto por la carne suele pesar más que la empatía.
El trabajo lo firman Aleksandra Rabinovitch, Katarzyna Cantarero y Katarzyna Byrka, de la Facultad de Psicología de SWPS en Sopot. Se ha publicado en la revista Appetite (2026, vol. 228) con el título Naming the one to save the many: The effect of animal identifiability on children's reduced meat preference (DOI: 10.1016/j.appet.2026.108738). Según el repositorio de la universidad, tiene licencia CC BY-NC-ND. Lo que sigue es un resumen propio a partir de ese material y de la nota divulgativa de Phys.org, no una traducción.
Cómo se hizo: una gallina llamada Lelek y unos sándwiches de juguete
Los investigadores hicieron dos experimentos con niños de 5 y 6 años. En el primero participaron 94 y en el segundo, 105.

En el primer experimento, todos los niños veían la silueta de una gallina. A la mitad se la presentaban como un individuo: se llamaba Lelek y les contaban cómo era, qué le gustaba comer y qué hacía cada día. La otra mitad recibía exactamente la misma información, pero sin nombre y presentada como algo general sobre las gallinas. Después, los niños preparaban un sándwich de juguete. Podían elegir entre queso, tomate, fiambre de pollo y fiambre de cerdo.
El segundo experimento afinó la idea con tres grupos:
- Uno conocía a Chico, una gallina presentada como un ejemplar único.
- Otro conocía también a Chico, pero como representante típica de su especie.
- Un grupo de control recibía información general sobre las gallinas.
Además, los niños tenían que valorar si los animales eran únicos o parecidos a las demás gallinas. Así se medían tanto sus intenciones declaradas («¿te comerías a este animal?») como sus elecciones en el juego de los sándwiches.
Qué encontraron y dónde están los límites
Saber que la gallina tenía nombre y personalidad redujo las ganas de comerse a ese animal concreto. También bajó la preferencia por las lonchas de pollo en el sándwich. El efecto, además, no se quedaba en Lelek o en Chico: alcanzaba en parte a otras gallinas anónimas. Y en el segundo estudio funcionó mejor destacar la individualidad del animal que presentarlo como una gallina cualquiera.

Uno de los autores lo resume así en la nota de prensa: la clave está en la singularidad del animal, que ayuda al niño a verlo como
«un ser digno de protección»
Ahora, las letras pequeñas, que en este caso importan mucho:
- No funciona con todos. La reducción se vio sobre todo en niños con un gusto por la carne bajo o moderado. En los que ya la preferían claramente, conocer a la gallina apenas cambió nada.
- No salta de especie. El efecto llegó a otras gallinas, pero no al cerdo. Encariñarse con un pollo no hizo que los niños dejaran de elegir jamón.
- Es un juego, no un comedor. Los sándwiches eran de juguete. Una elección simbólica en un experimento no tiene por qué repetirse en la mesa de casa o en el comedor escolar.
- Muestra concreta. Son unos doscientos niños polacos de una franja de edad muy estrecha. Habría que comprobar si el resultado se repite en otros países, edades y contextos, y si dura más allá del momento del experimento.
Los propios datos dejan la conclusión de fondo: las preferencias alimentarias previas suelen ganar a la empatía. Un nombre puede inclinar la balanza, pero solo cuando la balanza ya estaba bastante equilibrada.
Una vieja idea de la psicología, puesta a prueba con niños
El título del artículo, «nombrar a uno para salvar a muchos», remite al llamado efecto de la víctima identificable. En psicología está bien documentado que nos conmueve más un caso concreto, con nombre y rostro, que una cifra o un colectivo abstracto. Este trabajo comprueba si ese mecanismo funciona también con animales de granja y en niños pequeños, una edad en la que se están formando los hábitos alimentarios.

Lo interesante es que el resultado tiene dos caras. Por un lado, confirma que individualizar a un animal cambia cómo lo ve un niño, e incluso cómo ve a los de su especie. Por otro, muestra que ese cambio tiene un alcance limitado: no pasa de una especie a otra y choca con los gustos ya asentados.
Por qué importa
Muchos padres, educadores y comedores escolares se preguntan cómo hablar con los niños sobre de dónde sale lo que comen. Este estudio no da recetas, pero ayuda a entender cómo piensan los más pequeños sobre los animales. Lo que mueve su empatía es la historia de un individuo concreto, no los datos generales sobre una especie. Y esa empatía tiene que competir con lo que ya les gusta. Para cualquier campaña educativa sobre alimentación o bienestar animal hay una lección útil: contar la historia de una gallina concreta puede tener efecto, pero no conviene esperar milagros ni que lo aprendido sobre un animal se aplique a todos los demás.
- How animal identifiability affects children's food choices — Phys.org
- Naming the one to save the many: The effect of animal identifiability on children's reduced meat preference (Rabinovitch, Cantarero y Byrka, Appetite, 2026) — Appetite (Elsevier)
- Ficha del artículo en el repositorio de la Universidad SWPS — SWPS University
Texto generado con inteligencia artificial a partir de las fuentes citadas, sin revisión humana individual (Reglamento UE 2024/1689, art. 50). Las fotos llevan su crédito y licencia; las marcadas como realzadas se han retocado con IA sin alterar su contenido.

Comentarios