La erupción que arrasó el sur de Japón hace 7.300 años no fue solo una catástrofe
Un estudio en Science Advances analiza miles de dataciones y concluye que la supererupción de Kikai-Akahoya hundió a unas comunidades jōmon, pero otras crecieron gracias a los supervivientes.

Hace unos 7.300 años, una caldera casi sumergida situada a unos 30 kilómetros al sur de Kyushu, la gran isla meridional de Japón, entró en erupción con una violencia difícil de imaginar. Fue la erupción de Kikai-Akahoya: flujos piroclásticos que avanzaron sobre el mar y la costa, terremotos, tsunamis y una lluvia de ceniza que cubrió buena parte del archipiélago. Durante mucho tiempo se ha contado como un apocalipsis para los jōmon, los cazadores-recolectores que poblaban Japón en aquella época. Un nuevo estudio propone una historia con más matices: hubo regiones que se hundieron, sí, pero también otras que, contra lo esperado, siguieron creciendo.
El trabajo, publicado en la revista Science Advances (2026, volumen 12, número 42; DOI: 10.1126/sciadv.aeh7197), lo dirige el arqueólogo Enrico Crema, de la Universidad de Cambridge, y su autor sénior es Peter Jordan, de la Universidad de Lund. Este artículo es un resumen propio a partir de la nota de prensa difundida por ScienceDaily y de la cobertura posterior, no una traducción del paper.
Cómo se mide una población que no dejó censos
Nadie contó a los jōmon, así que el equipo recurrió a un indicador indirecto muy usado en arqueología: las dataciones por radiocarbono de los yacimientos. La idea de partida es sencilla: cuanta más gente vive en una zona, más restos datables suele dejar (hogueras, semillas, huesos, carbones). Si en un periodo las fechas se multiplican, es probable que la población aumentara; si escasean, que disminuyera.

Para comparar regiones, los investigadores dividieron las cuatro grandes islas de Japón en 61 áreas hexagonales y aplicaron modelos estadísticos bayesianos a la frecuencia de fechas en cada una. El análisis principal comparó los 750 años anteriores y posteriores a la erupción, y repitieron las pruebas con ventanas de 500 y 1.000 años para comprobar que el resultado no dependía del corte elegido.
Ganadores y perdedores de una misma catástrofe
El mapa que sale del modelo está lejos de ser uniforme. Estos son los patrones principales que describe el estudio:

- Sur y centro de Kyushu: sufrieron un fuerte declive tras la erupción. Pero hay un matiz importante: la población del sur ya venía bajando antes del desastre, y en ese momento predominaban grupos de forrajeadores muy móviles.
- Norte de Kyushu: pese a los daños en los ecosistemas, la población siguió creciendo. Los autores lo interpretan como posible llegada de supervivientes desde el sur y el interior.
- Hacia el mar: en los yacimientos costeros del norte aumentan las puntas de arpón de piedra, señal de una mayor actividad marítima, en línea con la idea de que la gente se desplazó para aprovechar unos recursos marinos que se recuperaban.
- Pistas culturales: los pendientes de piedra con ranura, un adorno típico, aparecen cada vez más al norte, lo que podría reflejar migraciones o nuevas alianzas entre grupos.
- Regiones lejanas: en zonas alejadas del volcán, un crecimiento que venía de antes se frenó o incluso se invirtió.
Para ese último efecto a distancia, los investigadores barajan explicaciones como alteraciones climáticas temporales o el desgaste dental de ciervos y jabalíes que comían vegetación cubierta de ceniza, lo que habría afectado a presas clave. Son hipótesis que el propio trabajo deja abiertas, no conclusiones cerradas.
«Los supervivientes migraron, forjaron nuevas relaciones sociales, innovaron nuevos tipos de economía», resume Enrico Crema, autor principal (ScienceDaily).
Lo que el estudio no puede decir
El método tiene límites conocidos, y los autores los reconocen. Las dataciones de radiocarbono no son un censo: también dependen de dónde se ha excavado más, de cómo se conservan los restos en cada tipo de suelo y de las preferencias de asentamiento de cada época. Una región muy estudiada puede parecer más poblada solo porque se han buscado más yacimientos.

Además, en algunas áreas la incertidumbre es tan grande que ni siquiera está claro si la población subía o bajaba. Y relacionar arpones o pendientes con migraciones concretas es una interpretación razonable, pero no una prueba directa de que las mismas familias se trasladaran de un lugar a otro. El estudio, en definitiva, plantea preguntas bien acotadas más que respuestas definitivas.
Por qué importa
Kikai-Akahoya es una de las mayores erupciones del Holoceno, y su caldera sigue activa. Entender cómo respondieron las sociedades prehistóricas a un desastre de esa escala ayuda a corregir una visión demasiado simple del pasado, la del colapso total, y muestra que el impacto de una catástrofe depende también de cómo estaban las poblaciones antes y de su capacidad para moverse, cambiar de dieta y tejer nuevas relaciones. Es una lección arqueológica, pero también una pista útil para pensar en la resiliencia frente a los riesgos naturales en regiones volcánicas de hoy.
- Scientists discover a surprising twist in Japan's 7,300-year-old volcanic apocalypse — ScienceDaily
- Ancient volcanic eruption brought population collapse and coastal growth to Japan — The Brighter Side of News
- Crema, E. et al. (2026), Science Advances 12(42) — DOI 10.1126/sciadv.aeh7197 — Science Advances
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