¿Y si borrásemos a todos los mosquitos del planeta? La ciencia tiene un «pero»
Hay unas 3.500 especies de mosquito y solo un puñado nos complica la vida. Hacerlas desaparecer suena genial, pero en la naturaleza hay peces, aves y hasta renos que no opinan lo mismo.


Son las tres de la madrugada. Llevas veinte minutos a oscuras, con la zapatilla en la mano, intentando localizar un zumbido que aparece justo cuando cierras los ojos. En ese momento, cualquiera firmaría que los mosquitos desaparezcan del planeta sin dejar rastro. Nadie los echaría de menos, ¿no? Pues no está tan claro. Medios como El Imparcial y Meteored se han hecho la misma pregunta, y la respuesta tiene más matices que la marca roja que te deja uno en el tobillo.
No todos los mosquitos son el enemigo
Lo primero es conocer a los sospechosos. En el mundo hay unas 3.500 especies de mosquito. De todas ellas, solo unas 100 pican a los humanos. Es decir, la inmensa mayoría no tiene ningún interés en ti ni en tu sangre, por mucho que tu experiencia veraniega diga otra cosa.

Y si afinamos todavía más, el dato sorprende: apenas cinco especies son responsables de alrededor del 95 % de los contagios de enfermedades como la malaria, el dengue o la fiebre amarilla. Cinco especies entre 3.500. Es como si en una ciudad de 3.500 vecinos, cinco se dedicaran a llamar al timbre a las tres de la mañana y el resto pagase la mala fama.
Otro detalle que conviene recordar: no pican todos los individuos. Los machos se alimentan solo de néctar. Las que van a por tu brazo son las hembras.
El menú del día de medio ecosistema
Aquí empieza el «pero». Para muchos animales, el mosquito no es una molestia: es comida. Según recogen ambos medios, forman parte de la dieta de:

- Peces, que se dan un festín con las larvas que viven en el agua.
- Aves, que los cazan al vuelo.
- Murciélagos, que patrullan de noche justo cuando los mosquitos salen.
- Otros insectos depredadores.
Quitar a los mosquitos de golpe sería como cerrar sin avisar el bar de abajo al que van todos los vecinos a comer. Algunos se adaptarían y buscarían otro sitio. Otros lo pasarían bastante peor.
Y hay más. Esos machos que solo toman néctar van de flor en flor y, de paso, actúan como polinizadores de plantas y cultivos. Nadie les va a poner una estatua al lado de las abejas, pero algo hacen.
El caso de los renos del Ártico
La historia más curiosa está en el norte. En el Ártico, las nubes de mosquitos son tan densas que condicionan cómo pastan los renos en la tundra. Los animales se mueven para escapar de ellos, y eso influye en qué zonas de vegetación se comen y cuáles se libran. Sin pretenderlo, el mosquito acaba haciendo de jardinero.

Esa abundancia también atrae a aves migratorias que llegan buscando alimento. Y como todo lo que entra tiene que salir, sus excrementos fertilizan el suelo de la tundra. Así que un insecto de pocos milímetros mueve renos, trae aves y abona el terreno. No está mal para algo que despreciamos a manotazos.
¿Bendición o desastre?
Meteored plantea el dilema tal cual: frente al enorme beneficio sanitario de acabar con los mosquitos que transmiten enfermedades, está el coste de romper las redes tróficas que dependen de ellos. El problema de fondo, según advierten los expertos que citan estos artículos, es que todavía no conocemos del todo el papel de los mosquitos en esas cadenas alimentarias. Por eso, si desaparecieran de repente, los efectos serían imprevisibles.
Y eso es lo que más inquieta a la ciencia: no tanto que pueda salir mal, sino no saber qué saldría mal ni dónde. Quizá todo se reajustara sin mucho drama. O quizá alguna especie de la que nunca hemos oído hablar se quedara sin su plato principal.
Visto así, la idea de las cinco especies cambia el debate. Si el 95 % del daño viene de un grupo tan pequeño, la pregunta deja de ser «¿todos fuera?» y pasa a ser «¿quién es el culpable de verdad?». Un enfoque de francotirador, no de bombardeo.
Por qué importa
Detrás de esta pregunta tan veraniega hay una lección muy seria: en la naturaleza casi nada sobra, aunque nos caiga fatal. Los mosquitos transmiten enfermedades que afectan a muchísima gente, y combatirlas es una prioridad. Pero también alimentan a peces, aves y murciélagos, polinizan y hasta influyen en la tundra ártica. Entender ese equilibrio antes de tocarlo es lo que separa una buena solución de un problema nuevo. Así que la próxima vez que te despierte el zumbido, puedes seguir buscándolo con la zapatilla. Pero piensa que, en algún lugar, un murciélago cuenta con él para cenar.
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