Unos dientes de 400.000 años destapan el lío amoroso más antiguo de Asia
Las proteínas de seis dientes de Homo erectus hallados en China apuntan a que esta especie se cruzó con los denisovanos y a que dejó una pequeña huella genética en personas que viven hoy.

Durante décadas, al Homo erectus le tocó en los libros de texto el papel del primo que se marcha de la fiesta sin despedirse: llegó a Asia, aguantó allí cientos de miles de años y desapareció sin dejar herederos. Un callejón sin salida evolutivo, vaya. Pues resulta que unos dientes de unos 400.000 años sugieren que el primo no se fue tan solo como creíamos. Antes de irse tuvo tiempo de hacer amigos. Y de los íntimos.
El estudio, dirigido por Qiaomei Fu, de la Academia China de Ciencias, se publicó en Nature. Apunta a que el H. erectus del este de Asia se cruzó con los denisovanos, otro grupo humano antiguo bastante misterioso. Y a que, de rebote, una pizca de esa herencia ha llegado hasta poblaciones actuales del sudeste asiático y Oceanía.
Cuando el ADN no aguanta, hablan las proteínas
El primer problema es de pura química: a 400.000 años vista, el ADN suele estar más deshecho que un cruasán en el bolsillo de atrás. Para esquivarlo, el equipo recurrió a las proteínas del esmalte dental, que resisten el paso del tiempo mucho mejor. Las proteínas no cuentan tantas cosas como un genoma completo, pero cada una de sus “letras”, los aminoácidos, depende de lo que dicten los genes. Si cambia una letra en la proteína, es que algo cambió en el ADN de su dueño.

Analizaron seis dientes de tres yacimientos chinos:
- Zhoukoudian, famoso por los fósiles del “Hombre de Pekín” encontrados a principios del siglo XX.
- Hexian, cuyos restos llevaban años en discusión: no estaba claro que fueran de H. erectus.
- Sunjiadong, el tercer punto del mapa.
Todos rondan los 400.000 años de antigüedad. Es decir, estas muelas ya eran viejas cuando los neandertales todavía estaban a medio cocinar.
Una firma propia y otra compartida
El análisis dio dos sorpresas. La primera: los seis dientes comparten una variante de aminoácido que nunca se había visto en ningún otro homínido, ni vivo ni extinto. Es como una firma de familia que agrupa a los H. erectus del este asiático. Y de paso zanja la vieja discusión sobre Hexian: sí, eran de la familia.

La segunda sorpresa es la jugosa. Los dientes llevan otra variante que no es exclusiva del H. erectus, porque también aparece en los denisovanos, conocidos sobre todo por los restos de una cueva de Siberia. Y la misma variante genética está hoy en personas vivas: en torno al 21 % de la población de Filipinas y alrededor del 1 % en la India. Esa distribución encaja con la que dejaría la herencia denisovana.
Según la interpretación de los autores, la cadena sería esta: el H. erectus asiático se cruzó con los denisovanos hace unos 400.000 años y les pasó la variante. Mucho después, los denisovanos se la pasaron a los antepasados de los actuales habitantes del sudeste asiático y Oceanía. Los genetistas llaman a esto introgresión. Lo que la variante hace en el cuerpo, eso sí, sigue siendo un misterio: de momento no se le conoce ninguna función.
“Interbreeding between archaic human lineages was not exceptional. It was routine.” (“Cruzarse entre linajes humanos arcaicos no era la excepción: era lo habitual”.) Sally Christine Reynolds, Universidad de Bournemouth, en The Conversation.
Un árbol familiar que parece un río trenzado
La idea encaja con lo que la genética lleva años contando. Las personas con ascendencia de fuera de África llevan alrededor de un 2 % de ADN neandertal. Las poblaciones papúes y los aborígenes australianos suman, además, entre un 2 % y un 5 % de ascendencia denisovana. Una revisión de 2019 ya describía al menos tres episodios de mezcla con grupos de tipo denisovano, algunos de hace apenas 20.000 años.

La gran novedad es que el H. erectus, el que tenía fama de no haber dejado ni una nota de despedida, podría haberse colado también en esa red. Reynolds, que no participó en el estudio, propone dejar de imaginar la evolución humana como un árbol con ramas limpias. Mejor verla como un río trenzado, con canales que se separan y vuelven a juntarse. Menos elegante para un póster, pero mucho más fiel a cómo se comportaba la gente.
Conviene no venirse arriba: se trata de una sola variante en unas proteínas, no de un genoma completo. La interpretación es la más coherente con los datos, pero no es una prueba definitiva. Lo bueno es que el método puede repetirse con otros parientes pequeños y enigmáticos, como el Homo floresiensis o el Homo luzonensis, y ver si también guardaban secretos de familia.
Por qué importa
El estudio demuestra que las proteínas dentales pueden contar historias genéticas de épocas en las que el ADN ya no sirve. Así se abre una ventana a cientos de miles de años de prehistoria que parecían cerrados para siempre. Y además retoca la imagen del Homo erectus: quizá no fue un callejón sin salida, sino un antepasado lejano que dejó una huella mínima en millones de personas actuales. Moraleja paleontológica: nunca subestimes a un primo, que a lo mejor te dejó algo en herencia.
- 400,000-year-old teeth reveal a stunning twist in human evolution — ScienceDaily (material de The Conversation, Sally Christine Reynolds)
- Enamel proteins from six Homo erectus specimens across China — Fu, Q., Wu, Z., Bennett, E. A., Xing, S. et al. Nature 655 (8121): 141, 2026. DOI: 10.1038/s41586-026-10478-8 — Nature
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