EDICIÓN Nº 044 · Miércoles 28 oct 2026
Curiosidades

Frankenstein, el primer padre soltero de la literatura: así lo lee una experta

La especialista Anne K. Mellor resumió la novela de Mary Shelley con una frase que hace sonreír y obliga a releerla: es la historia de un hombre que quiso tener un hijo sin una mujer.

Redacción2026-10-28Frankenstein · Mary Shelley · literatura · ciencia ficción · clásicos
Frontispiece to Frankenstein 1831
Foto: Theodor von Holst · Public domain · Wikimedia Commons · realzada con IA
Gezicht op villa Diodati, aan het Geneva meer in Zwitserland, RP-P-2018-3585
Foto: Rijksmuseum · CC0 · Wikimedia Commons

Hay resúmenes que se quedan cortos y resúmenes que te cambian el libro. El de la estudiosa estadounidense Anne K. Mellor, una de las grandes especialistas en Mary Shelley, es de los segundos. Según recoge Futility Closet, Mellor describió Frankenstein como, traducido al español,

«un libro sobre lo que pasa cuando un hombre intenta tener un bebé sin una mujer»

Léelo otra vez. Ahora piensa en Victor Frankenstein encerrado en su laboratorio, sin dormir, sin comer y sin contestar a las cartas de su familia, dedicado a fabricar una criatura a base de piezas sueltas. Y cuando por fin «da a luz», ¿qué hace? Ve a su criatura abrir los ojos, se horroriza y sale corriendo. Ni pañales, ni nombre, ni una mala nana. Como baja de paternidad, deja bastante que desear.

Un embarazo de laboratorio con un posparto desastroso

La gracia de la frase de Mellor es que no es un chiste suelto. Encaja con la novela casi punto por punto. Victor quiere crear vida él solo, saltándose el método tradicional, que lleva funcionando desde que existen los mamíferos. Pasa meses volcado en el proyecto, como si fuera una gestación, y cuando el resultado aparece se niega a hacerse cargo.

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Foto: Reginald Easton · Public domain · Wikimedia Commons

La criatura, que a menudo se olvida que en el libro no se llama Frankenstein (ese es el apellido del «padre»), pasa el resto de la historia buscando lo que buscaría cualquier recién llegado al mundo: que alguien la quiera, la acepte y le explique de qué va todo esto. No lo consigue, y ahí empieza la tragedia. Si la novela fuera una serie de hoy, el episodio central sería una larga terapia sobre el abandono parental.

  • El «embarazo»: meses de trabajo obsesivo y aislado.
  • El «parto»: una noche lúgubre de noviembre, según el propio libro.
  • El «posparto»: el padre huye y deja al recién nacido a su suerte.

Una autora que sabía mucho de nacimientos y pérdidas

La lectura de Mellor cobra todavía más sentido cuando se mira la vida de Mary Shelley. Su madre, la escritora y pensadora Mary Wollstonecraft, murió pocos días después de darla a luz, en 1797. Es decir, Mary creció sabiendo que su propio nacimiento había costado una vida.

Mary Wollstonecraft Shelley Rothwell
Foto: Richard Rothwell · Public domain · Wikimedia Commons

Además, antes de escribir la novela perdió a su primera hija, una bebé prematura que murió a las pocas semanas. En su diario anotó un sueño en el que la pequeña volvía a la vida tras frotarla junto al fuego. Con ese bagaje, que el tema central del libro sea crear vida y hacerse (o no) responsable de ella no parece una casualidad.

La génesis de la obra también es de película. En el verano de 1816, conocido como el «año sin verano» por los efectos de la erupción del volcán Tambora del año anterior, Mary estaba junto al lago de Ginebra con Percy Shelley, Lord Byron y el médico John Polidori. Como llovía sin parar, Byron propuso un concurso: que cada uno escribiera una historia de fantasmas. Mary tenía 18 años. De aquel aburrimiento salió una de las novelas más influyentes de la historia, publicada de forma anónima en 1818. Polidori, por cierto, sacó de la misma velada El vampiro. No está mal para una tarde de lluvia sin Netflix.

Ciencia, ambición y responsabilidad

Mellor, profesora de la Universidad de California en Los Ángeles y autora de un estudio de referencia sobre Shelley y sus «monstruos», ha defendido durante años que la novela es también una crítica a una ciencia que quiere dominar la naturaleza sin pensar en las consecuencias. Victor no es un villano de bigote retorcido: es un estudiante brillante que se emociona con lo que puede hacer y nunca se para a preguntarse si debe hacerlo ni qué pasará después.

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Foto: Richard Rothwell · Public domain · Wikimedia Commons

Por eso Frankenstein se considera a menudo la primera gran novela de ciencia ficción. Y por eso sigue saliendo cada vez que se habla de clonación, de edición genética o de cualquier tecnología capaz de «fabricar» algo que luego habrá que cuidar. La pregunta de fondo no es «¿se puede crear vida?», sino «¿quién se hace cargo de ella?».

Visto así, el monstruo no es tanto el ser cosido a retales como el abandono. La criatura nace curiosa y con ganas de aprender; se vuelve violenta tras ser rechazada una y otra vez. Moraleja para cualquier inventor: si vas a traer algo al mundo, lee antes el manual de instrucciones de la crianza. O, como mínimo, no salgas corriendo en pijama a medianoche.

Por qué importa

Una frase bien elegida puede abrir un clásico de más de doscientos años como si fuera nuevo. La lectura de Anne K. Mellor convierte Frankenstein en una historia sobre la paternidad, la responsabilidad y los límites de la ambición científica, temas que hoy, con laboratorios capaces de editar genes, siguen igual de vivos que la criatura en aquella noche de noviembre. Y de paso nos recuerda algo que Mary Shelley ya sabía con 18 años: crear es la parte fácil; lo difícil es cuidar de lo creado.

FuentesResumen propio de la redacción a partir de las fuentes citadas; no es una traducción.

Texto generado con inteligencia artificial a partir de las fuentes citadas, sin revisión humana individual (Reglamento UE 2024/1689, art. 50). Las fotos llevan su crédito y licencia; las marcadas como realzadas se han retocado con IA sin alterar su contenido.

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