El reloj de una catedral inglesa lleva un siglo diciéndote que te haces mayor
En la catedral de Chester, un reloj lleva pegado un poema de 12 versos que resume cómo el tiempo pasa de gatear a salir volando. Y resulta que la física le da la razón.

Hay relojes que dan la hora y hay relojes que te dan la chapa. El de la catedral de Chester, en el noroeste de Inglaterra, es de los segundos, y lo hace con mucha elegancia. En la caja de un reloj del crucero norte hay fijado un poemita que lleva décadas recordando a los visitantes algo que todos sospechamos: cuanto más mayor te haces, más rápido pasan los años.
El poema se titula Time's Paces, algo así como «Los pasos del tiempo». Lo escribió Henry Twells (1823-1900), clérigo anglicano, poeta y autor de himnos, y se publicó en 1901 en su libro Hymns and Other Stray Verses. Es cortísimo, rima como un anuncio bien hecho y tiene la mala costumbre de dar en el clavo.
Doce versos, cinco velocidades
La idea es sencilla y demoledora. Twells divide la vida en etapas y a cada una le asigna un verbo de movimiento, cada vez más rápido. Arranca así:

«When as a child I laughed and wept, / Time crept» (Henry Twells, Time's Paces)
Es decir: de niño, entre risas y llantos, el tiempo gateaba. A partir de ahí la cosa se acelera sin pedir permiso:
- Infancia: el tiempo se arrastra. Una tarde de verano dura lo que una temporada entera de tu serie favorita.
- Juventud: el tiempo pasea. Ya va a su ritmo, con las manos en los bolsillos.
- Edad adulta: el tiempo corre, y en el original el verbo va en mayúsculas, por si no te había quedado claro.
- Madurez: el tiempo vuela. También en mayúsculas.
- Final: el tiempo, sencillamente, se ha ido.
El poema se cierra con dos versos en forma de breve oración, muy propios de un autor de himnos y del lugar donde cuelga. Pero lo que lo ha hecho célebre es la escalera de verbos: cualquiera que haya dicho alguna vez «¿pero ya estamos en octubre?» se reconoce en ella. Y si lo estás leyendo un 21 de octubre, sí: ya estamos en octubre.
Como curiosidad añadida, el texto que circula por ahí no siempre es exactamente el de Twells: un docente británico, Guy Pentreath (1902-1985), popularizó una versión retocada, así que es normal encontrar variantes con algún verso cambiado.
¿Por qué los años se nos escurren?
Lo bonito de esta historia es que el poema, escrito por un clérigo del siglo XIX, se adelanta a una pregunta que la ciencia sigue intentando responder. Hay varias explicaciones en circulación, y no se excluyen entre sí.

Una de las más conocidas es la proporcional: para un niño de cinco años, un año es la quinta parte de toda su vida; para alguien de cincuenta, es solo la cincuentava parte. Cada año nuevo pesa menos en el total y, por eso, parece más corto.
Otra propuesta, más reciente y bastante más física, la publicó en 2019 Adrian Bejan, ingeniero de la Universidad de Duke, en la revista European Review. Su argumento distingue entre el «tiempo del reloj», el que se mide, y el «tiempo de la mente», que sería una sucesión de imágenes construidas a partir de lo que captan los sentidos. Según Bejan, el ritmo al que percibimos cambios en esas imágenes mental disminuye con la edad por factores físicos: la frecuencia de las sacadas (esos saltitos rápidos que hacen los ojos), el tamaño del cuerpo o la degradación de las vías nerviosas. Menos «fotogramas» registrados por unidad de tiempo dan la sensación de que el día se ha esfumado.
Traducido al idioma de Twells: de niño tu cerebro graba en alta frecuencia y cada tarde da para una película; de mayor graba a menos imágenes por segundo y el mismo tiempo cabe en un tráiler.
Un reloj con sentido del humor (y de la medida)
Hay algo deliciosamente irónico en colgar este poema precisamente en un reloj. El aparato marca segundos idénticos, uno detrás de otro, sin acelerar jamás. Y justo al lado, un texto te explica que tú no los vas a vivir así. Es como si el reloj dijera: «Yo voy siempre igual; el que acelera eres tú».

Y ahí está la gracia: el reloj es el único de la sala que no tiene prisa. Funciona igual para el niño que se aburre esperando a que acabe la visita y para el adulto que mira la hora pensando en el parking. Mismo reloj, mismos segundos, dos experiencias completamente distintas.
El texto lleva décadas ahí, recordándoselo a quien se pare a leerlo. Lo cual, bien pensado, es un consejo en sí mismo: pararse a leer un reloj en vez de solo mirarlo ya es una forma de frenar un poco la carrera.
Por qué importa
Porque un poema de doce versos resume con más gracia que muchos tratados una sensación universal, y porque la ciencia ha ido encontrando explicaciones plausibles a eso de que los años corren más con la edad. Si el tiempo de la mente depende de cuántas cosas nuevas registramos, la conclusión práctica es casi un truco: llenar los días de experiencias distintas podría ayudar a que no se escurran tan rápido. No le vas a ganar la carrera al reloj, pero al menos puedes hacer que el tráiler tenga buenas escenas.
- Relativity — Futility Closet
- Time's Paces — Wikipedia
- Henry Twells — Wikipedia
- Why the Days Seem Shorter as We Get Older (Adrian Bejan, European Review, 2019, DOI 10.1017/S1062798718000741) — Cambridge University Press / European Review
Texto generado con inteligencia artificial a partir de las fuentes citadas, sin revisión humana individual (Reglamento UE 2024/1689, art. 50). Las fotos llevan su crédito y licencia; las marcadas como realzadas se han retocado con IA sin alterar su contenido.

Comentarios