El moho que resuelve laberintos y desató una guerra por la palabra «inteligencia»
Un organismo sin neuronas encuentra el camino más corto en un laberinto y dibuja redes de transporte. Desde entonces, los biólogos discuten si eso merece llamarse pensar.

Imagina una mancha amarilla, viscosa y sin cerebro, extendida sobre una placa de laboratorio. No tiene neuronas. No tiene ojos. Técnicamente ni siquiera es un animal, ni un hongo, ni una planta. Y aun así, si le pones comida en los dos extremos de un laberinto, en unas horas habrá replegado sus brazos sobrantes y dejado un único tubo trazando el camino más corto entre ambos puntos.
Se llama Physarum polycephalum, es un moho mucilaginoso y lleva un cuarto de siglo incomodando a gente con doctorado.
Un laberinto, un premio y una maqueta del metro de Tokio
El experimento del laberinto lo firmaron Toshiyuki Nakagaki, Hiroyasu Yamada y Ágota Tóth en Nature en el año 2000, en un artículo de apenas una página titulado «Maze-solving by an amoeboid organism». Ocho años después, aquello le valió a Nakagaki y su equipo el Ig Nobel de Ciencia Cognitiva, el premio que distingue investigaciones que primero hacen reír y después hacen pensar.

La secuela fue mejor todavía. En 2010, el mismo grupo colocó copos de avena imitando la posición de las ciudades alrededor de Tokio y dejó que el moho creciera entre ellas. El organismo tejió una red de conexiones sorprendentemente parecida —en eficiencia y tolerancia a fallos— al trazado ferroviario real de la región, diseñado por ingenieros humanos durante décadas. El trabajo salió en Science y le dio a Nakagaki su segundo Ig Nobel, esta vez en Planificación del Transporte. Doble premiado: un club bastante exclusivo.
La pelea: ¿qué demonios significa «inteligente»?
Aquí empieza lo interesante. Una cosa es admirar el truco y otra muy distinta ponerle nombre. Un sector de la biología sostiene que resolver problemas, recordar dónde había comida y anticipar eventos periódicos son, literalmente, funciones cognitivas, y que negárselas al moho es puro prejuicio de vertebrado. Otro sector responde que estamos confundiendo un algoritmo químico muy elegante con pensamiento, y que estirar la palabra «inteligencia» hasta que abarque un charco de protoplasma la deja sin significado alguno.

El debate lo retrató Samanth Subramanian en The Guardian, en un reportaje cuyo titular arranca con una advertencia de uno de los científicos implicados:
«This is dangerous» («Esto es peligroso»).
Peligroso, en su opinión, porque si todo es inteligente, nada lo es.
- No tiene neuronas, pero sí una red de tubos que se ensanchan cuando circula más flujo y se estrechan cuando circula menos: ahí está el «cálculo».
- Es una sola célula gigante con muchísimos núcleos, así que no coordina individuos: se coordina consigo mismo.
- Puede reunificarse tras ser cortado en trozos, algo que complica bastante la idea de «individuo».
Por qué importa
Más allá del chiste fácil, la discusión tiene consecuencias reales: define qué seres merecen consideración científica y ética, e inspira algoritmos de redes distribuidas que ya se usan para diseñar rutas y sistemas tolerantes a fallos. Y de paso nos coloca en un sitio incómodo y saludable: puede que la inteligencia no sea una medalla que llevamos colgada los que tenemos cráneo, sino un gradiente que empieza mucho, mucho más abajo. Lo bastante abajo como para que un charco amarillo sin cerebro haya sacado mejor nota que nosotros en un examen de topología. Dos veces.

- Slime Molds and a double Ig Nobel Prize winner and a big, great science adventure — Improbable Research
- Maze-solving by an amoeboid organism (Nakagaki, Yamada y Tóth, Nature 407:470, 2000) — Nature
- Rules for Biologically Inspired Adaptive Network Design (Tero et al., Science 327:439-442, 2010) — Science
Texto generado con inteligencia artificial a partir de las fuentes citadas, sin revisión humana individual (Reglamento UE 2024/1689, art. 50). Las fotos llevan su crédito y licencia; las marcadas como realzadas se han retocado con IA sin alterar su contenido.
Comentarios