Los dientes del T. rex apuntan a 36 °C: un depredador de sangre caliente
Un equipo de UCLA estima en Science Advances la temperatura corporal del Tyrannosaurus rex a partir del esmalte de sus dientes fósiles: unos 36 °C, casi la de una persona.

El Tyrannosaurus rex vuelve a la conversación y, esta vez, la pista decisiva no es un fémur colosal ni una huella en el barro: está en el esmalte de sus dientes. Un equipo de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) firma en la revista Science Advances un trabajo que sitúa la temperatura corporal del gran depredador del Cretácico en torno a los 36 °C, prácticamente la de un ser humano. Lo que lees aquí es un resumen propio del hallazgo y de la cobertura publicada por varios medios, no una traducción del artículo original.
Qué cuentan los dientes de un dinosaurio
Para un paleontólogo, un diente es un archivo. El esmalte es el tejido más mineralizado del cuerpo, se forma deprisa y aguanta el paso de decenas de millones de años mucho mejor que el hueso esponjoso o cualquier tejido blando. Al cristalizar, la química de ese esmalte queda condicionada por las condiciones del organismo que lo fabricó, y la temperatura es una de ellas. Por eso el análisis dental se ha convertido en una de las vías más fiables para preguntarle a un fósil algo que parecía imposible: cuánto calor tenía dentro.

- Material analizado: dientes fósiles de T. rex, no huesos ni restos de tejido blando.
- Resultado: alrededor de 36 °C, dentro del rango habitual de un mamífero actual.
- Publicación: Science Advances, la revista de acceso abierto de la AAAS.
Sangre caliente no es una etiqueta tan simple
Conviene desactivar el automatismo mental de reptil frío contra mamífero caliente. Lo que está en juego es si el T. rex generaba su propio calor metabólico de forma sostenida (endotermia) o si simplemente lo acumulaba por ser gigantesco, un efecto conocido como gigantotermia: un cuerpo de varias toneladas pierde calor muy despacio y puede mantenerse templado sin un motor interno especialmente caro. Los últimos años han estado dominados por propuestas intermedias, con dinosaurios situados en algún punto del camino entre ambos extremos. Una cifra de 36 °C empuja la balanza hacia el lado del animal activo, con un metabolismo alto y un coste energético considerable: mucha comida, mucho oxígeno y mucha actividad.

Lo que no conviene dar por cerrado
Hay motivos para la prudencia. Primero, la fosilización altera los minerales originales, y cualquier estimación de este tipo depende de demostrar que la señal medida es la antigua y no una contaminación posterior. Segundo, un diente registra la temperatura de la región donde se formó, no necesariamente la del interior del animal ni la media de toda su vida. Tercero, un resultado sobre una especie no zanja el debate sobre los dinosaurios en bloque: el grupo abarca desde animales del tamaño de un cuervo hasta saurópodos de decenas de toneladas, con fisiologías probablemente muy distintas. Y cuarto, en paleontología los métodos nuevos se consolidan cuando otros equipos los replican con más ejemplares y más yacimientos. Este trabajo es una pieza sólida, no un punto final.

Por qué importa
Saber a qué temperatura funcionaba un T. rex no es un dato de trivial: condiciona cuánto tenía que comer, a qué velocidad podía moverse, cómo crecía y en qué climas podía vivir. Un depredador de sangre caliente de siete toneladas es un animal con una factura energética brutal, y eso reescribe el ecosistema entero a su alrededor. Además, el método importa tanto como el resultado: si los dientes fósiles funcionan como termómetros fiables, se abre la puerta a medir el metabolismo de muchas otras especies extinguidas sin necesidad de encontrar tejidos blandos, que casi nunca aparecen.
- Un análisis dental revela que el T. rex era de sangre caliente — heraldo.es
- Los dientes fósiles del 'T. rex' revelan que tenía 36 °C de temperatura, como un humano — EcoAvant.com
- Dientes de T. rex confirman que era de sangre caliente como humanos — KCH FM
- El Tyrannosaurus rex tenía una temperatura corporal similar a la de los humanos, dice estudio — Hartford Courant
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