El oso pardo cantábrico vuelve: su territorio creció un 70 % en una década
Un estudio de la Estación Biológica de Doñana (CSIC) reconstruye cómo el oso pardo pasó de rozar la extinción a ocupar unos 17.000 km² en el noroeste peninsular, y cómo se unieron sus dos poblaciones aisladas.


Durante los años ochenta y hasta finales del siglo XX, el oso pardo de la cordillera Cantábrica vivió su peor momento. Quedaban tan pocos ejemplares que la posibilidad de perderlo para siempre era real, y el mínimo histórico que alcanzó la especie hizo saltar todas las alarmas entre biólogos y conservacionistas. Hoy el panorama es otro: el mayor carnívoro de la península vuelve a moverse por un territorio amplio del noroeste, y la ciencia ha conseguido medir con bastante detalle cómo se ha producido ese regreso.
La reconstrucción procede de un estudio de la Estación Biológica de Doñana, centro del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), que ha seguido la evolución del área de distribución del oso desde 1982. Según recoge Xataka, el trabajo calcula que la especie ocupa ya unos 17.000 kilómetros cuadrados y trata de explicar no solo cuánto ha crecido, sino también por qué.
Cuántos osos hay y dónde viven
Para entender el estudio conviene tener una foto de la población actual. En febrero de 2023 se hizo un censo genético en las comunidades autónomas donde vive este animal. La técnica consiste en identificar individuos a partir del ADN de muestras como pelos o excrementos, sin necesidad de capturarlos ni de verlos: cada oso deja su firma genética y así se puede contar sin molestarlo.

Aquel censo contabilizó 370 ejemplares, repartidos en dos núcleos:
- Subpoblación occidental: unos 250 osos.
- Subpoblación oriental: unos 120 osos.
La diferencia de tamaño entre ambos grupos es una de las claves de la historia. Durante décadas fueron como dos islas separadas en el mapa, cada una con sus propios problemas, y la más pequeña era especialmente vulnerable.
Tres décadas, dos tendencias opuestas
Los investigadores dividieron el periodo estudiado en tres bloques de diez años, hasta 2012, y compararon en cada uno las zonas donde se detectaba presencia de osos y aquellas donde había cría, es decir, hembras con oseznos. Ese segundo dato es importante: que un oso pase por un valle no significa lo mismo que una hembra saque adelante a sus crías allí. Las zonas de cría indican dónde la población es capaz de mantenerse por sí misma.

El resultado muestra un cambio de rumbo muy marcado. Entre el primer y el segundo periodo, el área de presencia cayó un 25 %. Era la confirmación de la mala racha que se vivía entonces. Pero en el tercer periodo la tendencia se invirtió con fuerza y el área creció un 70 %. En pocas palabras: el oso pasó de perder terreno a recuperarlo a gran velocidad.
El momento clave: dos poblaciones que se encuentran
Dentro de esa expansión ocurrió algo que los biólogos consideran especialmente relevante: las dos poblaciones, aisladas durante mucho tiempo, volvieron a conectarse. Los osos empezaron a moverse por el espacio que separaba ambos núcleos, y con ellos se movieron también sus genes.

¿Por qué importa tanto? Las poblaciones pequeñas y aisladas tienen un riesgo añadido que va más allá del número de individuos. Cuando pocos animales se reproducen siempre entre sí, la diversidad genética disminuye, aumentan los problemas asociados a la consanguinidad y la población queda peor preparada para afrontar enfermedades o cambios en su entorno. Que machos y hembras de un grupo puedan reproducirse con los del otro funciona como una especie de seguro genético para ambos, y en particular para el núcleo oriental, el más pequeño.
Además, un territorio continuo reduce la probabilidad de que un acontecimiento local, como un mal año de alimento en una zona concreta, ponga en jaque a toda una subpoblación. Más espacio y más conexión significan, en general, más margen para resistir.
La letra pequeña
Conviene leer estas cifras con prudencia. El análisis del área de distribución llega hasta 2012 y el censo genético es de 2023, así que son dos fotografías de momentos distintos. Por otra parte, 370 osos siguen siendo una población reducida para un animal de su tamaño, y la recuperación no garantiza por sí sola su futuro. La expansión también supone que el oso vuelve a zonas donde llevaba años sin aparecer, lo que obliga a gestionar la convivencia con las actividades humanas del medio rural.
Aun así, la tendencia de fondo es clara: el oso cantábrico ha dejado de estar acorralado y ha recuperado buena parte de su espacio.
Por qué importa
Que un gran carnívoro pase de rozar la extinción a ocupar unos 17.000 kilómetros cuadrados es una de las buenas noticias de la conservación en la península. Muestra que una especie muy amenazada puede recuperarse en pocas décadas, y que la conexión entre poblaciones aisladas es tan importante como el número de ejemplares. El trabajo del CSIC sirve además de referencia para medir avances, detectar nuevos riesgos y decidir dónde concentrar los esfuerzos para que esta recuperación no se quede a medias.
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