El cóndor de California resucitó en libertad: ¿quién decide qué especies salvar?
En 1987 ya no quedaba ni un cóndor de California en libertad. Hoy vuelan más de 300. Su historia sirve para preguntarse con qué criterio se elige qué especies salvar en el mundo.

En 1987, un equipo de biólogos capturó al último cóndor de California que seguía volando en libertad y lo llevó a un programa de cría en cautividad. Con ese gesto, el ave voladora más grande de Norteamérica pasó a estar oficialmente extinta en estado silvestre. Casi cuarenta años después, más de 300 cóndores han vuelto a su hábitat natural. Detrás hay décadas de trabajo coordinado y millones de dólares invertidos en cría y reintroducción.
Esta historia es el punto de partida de un artículo de análisis firmado por Shannon Gibson y David Ginsburg, publicado originalmente en The Conversation y reproducido por Phys.org. Lo que sigue es un resumen con nuestras propias palabras, no una traducción. Los autores no se quedan en el final feliz: usan al cóndor para plantear una pregunta incómoda para la conservación. Si no se pueden salvar todas las especies, ¿quién decide cuáles se salvan y con qué criterio?
Un rescate que salió bien, pero no salió gratis
La recuperación del cóndor demuestra que una especie al borde de la desaparición puede remontar si recibe ayuda. Pero el texto recuerda que el éxito dependió de mucho más que criar pollos en cautividad. Hubo que proteger las condiciones ecológicas que necesita el ave y gestionar amenazas como la munición de plomo, que los cóndores acaban ingiriendo al alimentarse de carroña. Además, el programa tuvo efectos sobre la gente que vive en las zonas de reintroducción.

Los autores citan, por ejemplo, la preocupación de comunidades rurales de Utah y Arizona ante posibles restricciones en el uso de terrenos públicos. En el otro extremo está la tribu yurok, en el norte de California, que mantiene un vínculo cultural y espiritual con el cóndor y ha participado en su regreso a su territorio. La lección que sacan es clara: proteger una especie reparte costes y beneficios entre personas muy distintas, y eso pesa tanto como la biología.
El dinero se va a los animales carismáticos
El artículo sitúa el caso del cóndor en un problema mucho más grande. Alrededor de un millón de especies están hoy amenazadas de extinción en todo el planeta, y los recursos no llegan para todas. Además, se reparten de forma muy desigual:

- Según los datos que recogen los autores, cinco grupos de mamíferos (primates, carnívoros, ballenas, elefantes y rinocerontes) se llevaron el 86 % de la financiación disponible, aunque solo suponen un tercio de los proyectos dedicados a mamíferos amenazados.
- Las plantas y los invertebrados recibieron apenas un 6,6 %.
Esa desigualdad tiene consecuencias prácticas. Los autores recuerdan que solo los cultivos polinizados por abejas en Estados Unidos están valorados en unos 15.000 millones de dólares al año. Los insectos y las plantas sostienen buena parte de los ecosistemas, aunque rara vez protagonicen una campaña.
El texto también reconoce el argumento contrario: las especies carismáticas pueden funcionar como especies paraguas. Cuando se protege el hábitat de un panda o de un gran depredador, se protege de rebote a muchas otras especies menos vistosas que viven en él. El debate de fondo es si conviene concentrar esfuerzos en especies emblemáticas o repartirlos entre muchas a la vez.
Qué pinta un tratado mundial en todo esto
El marco de referencia es el Marco Mundial de Biodiversidad de Kunming-Montreal, adoptado en 2022. Fija metas como frenar e invertir la pérdida de biodiversidad, detener las extinciones causadas por el ser humano y conservar al menos el 30 % de la tierra, las costas y los océanos. También se propone movilizar 200.000 millones de dólares anuales para la biodiversidad de aquí a 2030, una cifra que queda lejos de las necesidades estimadas.

Los autores aclaran que el acuerdo no elige qué especies salvar, pero sus reglas sí influyen en cómo cada país fija sus prioridades. El tema está de actualidad: entre el 19 y el 30 de octubre de 2026 se celebra en Ereván (Armenia) la COP17 sobre diversidad biológica, donde se debate cómo aplicar los compromisos sobre la participación de los pueblos indígenas y las comunidades locales.
«Sin apoyo local, invertir dinero en esfuerzos de recuperación puede fracasar», advierten Gibson y Ginsburg.
Limitaciones: un análisis, no un experimento
Conviene leer esta pieza como lo que es: un análisis de expertos en políticas de conservación, no un estudio científico con datos nuevos. Las cifras de financiación proceden de trabajos previos que los autores recopilan, y sus propuestas son recomendaciones, no resultados medidos. Tampoco ofrecen una fórmula para decidir qué especie va primero. Lo que defienden es que esa decisión se tome con las comunidades afectadas y no solo para ellas: participación real en vez de simple consulta, y un reparto justo de costes y beneficios.
Por qué importa
Cada año se decide, de forma explícita o implícita, qué especies reciben ayuda y cuáles quedan a su suerte. El cóndor de California demuestra que la extinción en libertad no tiene por qué ser definitiva, pero también que los rescates son caros, largos y dependen de que la gente del territorio se sume. Con un millón de especies en riesgo y un dinero que se concentra en unos pocos animales famosos, la forma de elegir prioridades puede pesar tanto en el futuro de la biodiversidad como la propia ciencia de la cría y la reintroducción.
- Who should have a say in which species are saved? The California condor offers lessons for a global biodiversity treaty — Phys.org (republicado de The Conversation; autores: Shannon Gibson y David Ginsburg)
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