EDICIÓN Nº 034 · Domingo 18 oct 2026
Tecnología

Una IA con voz de mujer cobra un 10 % menos aunque haga el mismo trabajo

En un experimento con 189 personas en realidad virtual, dos asistentes con el mismo cerebro se llevaron sueldos distintos. La única diferencia era que uno tenía cara y voz de hombre y el otro, de mujer.

Redacción2026-10-18inteligencia artificial · asistentes virtuales · sesgos · realidad virtual · psicología
Alexa Amazon Echo Dot 3rd Gen Smart Speaker - Sandstone Fabric (Creative Commons) (51048461088)
Foto: Smart Home Perfected · CC BY 2.0 · Wikimedia Commons · realzada
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Foto: InclusiveGameLab · CC BY-SA 4.0 · Wikimedia Commons

Casi todos hemos hablado alguna vez con una voz de mujer que no existe. Le pasa a quien sigue las indicaciones del GPS o le pide algo al altavoz del salón, y a quien recuerda las primeras versiones de los asistentes del móvil. Durante años, la industria ha elegido por defecto voces femeninas para sus asistentes virtuales, y no ha sido por azar. Ahora un estudio europeo pone cifras a un efecto menos evidente: cuando llega el momento de recompensar el trabajo de una IA, su supuesto género pesa más de lo que admitimos.

Por qué las máquinas suelen hablar como mujeres

Según explica Xataka, las voces femeninas por defecto se apoyan en sesgos cognitivos heredados. Los estudios de comportamiento muestran que solemos asociar una voz de mujer a tareas de asistencia, recepción y atención al público. A un asistente que percibimos como femenino le atribuimos más amabilidad, más empatía y más capacidad de tranquilizarnos, y por eso parece que comunicarse con él cuesta menos. Con las voces masculinas pasa lo contrario: tendemos a relacionarlas con la autoridad y la firmeza.

Alexa Amazon Echo Dot 3rd Gen Smart Speaker - Sandstone Fabric (Creative Commons) (51049189591)
Foto: Smart Home Perfected · CC BY 2.0 · Wikimedia Commons

Desde el punto de vista del diseño, la decisión tiene su lógica comercial: si el usuario se siente más cómodo, usará más el producto. El problema es que, al repetirla millones de veces, se refuerza el mismo estereotipo que la originó. El nuevo trabajo va un poco más allá de la comodidad y se pregunta qué ocurre cuando esa percepción se convierte en dinero.

El experimento: Johan, Johanna y una oficina virtual

La investigación, publicada en la ACM Digital Library con el título Human-Like and Male? How AI Assistant Design Relates to Trust and Monetary Reward at Work in VR, la firma un equipo en el que participan la Universidad de Limerick (Irlanda) y la Universidad de Zúrich (Suiza). Los investigadores pusieron unas gafas de realidad virtual a 189 trabajadores del conocimiento y los llevaron a una oficina simulada donde debían completar tareas con ayuda de varios asistentes:

Alexa Amazon Echo Dot 3rd Gen Smart Speaker - Sandstone Fabric (Creative Commons) (51049273602)
Foto: Smart Home Perfected · CC BY 2.0 · Wikimedia Commons
  • Un chatbot de texto, del tipo que todos conocemos.
  • Un pequeño robot de escritorio.
  • Un avatar humano, que podía presentarse como Johan (aspecto y voz masculinos) o como Johanna (aspecto y voz femeninos).

El detalle técnico clave es que los tres asistentes funcionaban con el mismo modelo de lenguaje, GPT-4. Por dentro eran exactamente iguales: lo único que cambiaba era la presentación. Cada participante trabajó con el chatbot, con el robot y con uno de los dos avatares. Al terminar, valoró la aportación de cada ayudante y repartió recompensas económicas de hasta cuatro francos suizos.

Lo que dijeron y lo que hicieron

Los resultados tienen dos partes. La primera es casi tranquilizadora: al valorar el rendimiento de Johan y de Johanna, los participantes no mostraron diferencias estadísticamente significativas. Ambos parecían igual de competentes. Además, en las entrevistas posteriores la mayoría aseguró que no trataría de forma distinta a una IA masculina y a una femenina, y algunos incluso afirmaron que preferirían una IA sin género.

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Foto: InclusiveGameLab · CC BY-SA 4.0 · Wikimedia Commons

La segunda parte desmonta la primera. A la hora de pagar, Johanna recibió alrededor de un 10 % menos que Johan; los artículos que recogen el estudio hablan de un 10,25 %. La diferencia apareció tanto entre hombres como entre mujeres, y los participantes también percibieron a Johan como más «humano», aunque su capacidad era idéntica. Euronews recoge el testimonio de una participante que resume el efecto de los avatares humanos:

«Tener a Johanna a mi lado me hizo más propensa a reconocerle el mérito, porque sentía que había una persona, una compañera».

Ese comentario apunta a otro hallazgo: los asistentes con forma humana generaron más confianza y recibieron más dinero que el robot de escritorio. Darle cara a una IA cambia la forma en que la juzgamos, para bien y para mal.

La letra pequeña

Conviene leer el estudio con prudencia. Es un experimento de laboratorio con 189 personas, en un entorno de realidad virtual y con cantidades de dinero simbólicas. No mide sueldos reales ni contratos con proveedores de IA. Además, solo se probó un avatar de cada género, así que parte del efecto podría deberse a rasgos concretos de esos personajes (la cara, el tono de voz, el nombre) y no solo al género. Lo que sí deja claro es la contradicción entre lo que la gente dice pensar y lo que luego decide, algo muy conocido en psicología y que aquí se traslada a las máquinas.

Por qué importa

Los agentes de IA están llegando a las empresas como «compañeros» que redactan, resumen y atienden clientes, y cada vez más se les pone nombre, voz y hasta rostro. Si heredan nuestros prejuicios, esas decisiones de diseño dejan de ser estéticas: pueden influir en qué herramienta se considera más valiosa, cuál se renueva o a cuál se le asigna más presupuesto. Para el usuario, la lección es sencilla: la voz con la que habla un asistente no dice nada de lo que sabe hacer. Y para quien diseña estos sistemas, el estudio es un aviso de que elegir una cara o una voz nunca es una decisión neutral.

Texto generado con inteligencia artificial a partir de las fuentes citadas, sin revisión humana individual (Reglamento UE 2024/1689, art. 50). Las fotos llevan su crédito y licencia; las marcadas como realzadas se han retocado con IA sin alterar su contenido.

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