Por qué pitaba el módem: lo que se decían los aparatos antes de conectarte
Aquel chirrido antes de navegar a 56 kbps no era ruido sin más. Era una negociación en toda regla entre tu módem y el del proveedor para acordar cómo y a qué velocidad hablarían.

Quien se conectó a internet a finales de los noventa o principios de los 2000 lo recuerda bien: descolgabas el teléfono sin querer y alguien te gritaba desde otra habitación que estaba «conectado». Antes de que la primera página empezara a cargar, línea a línea, el ordenador soltaba una serie de pitidos, silbidos y crujidos. Para muchos era la banda sonora de la red de redes. Lo curioso es que esa secuencia tenía un sentido muy preciso. Como recuerda Xataka en un repaso a aquella época, era la forma en que el módem «negociaba» la conexión con el proveedor de internet.
Un apretón de manos hecho de sonido
La palabra clave es handshake, el «apretón de manos» digital. Un módem (de modulador-demodulador) convierte datos en sonidos que viajan por la línea telefónica, pensada en origen para la voz humana, y al otro lado otro módem vuelve a convertir esos sonidos en datos. El problema es que en aquella época convivían aparatos de muchas generaciones y fabricantes, y líneas en estado muy distinto. Así que, antes de mandar un solo byte útil, los dos extremos tenían que ponerse de acuerdo: qué normas soportaba cada uno, cuánto ruido había en el cable y a qué velocidad máxima podían ir sin perder información.

Esa conversación se hacía en voz alta, literalmente. El altavoz del módem permanecía encendido durante la negociación para que el usuario supiera que algo pasaba, y se callaba en cuanto empezaba la transmisión de datos de verdad. Quien quería silencio podía pedírselo al aparato con los famosos comandos AT, el lenguaje de texto con el que se daban órdenes al módem.
Las fases de la negociación, una a una
La programadora finlandesa Oona Räisänen se propuso hace años descifrar esa secuencia y la convirtió en un espectrograma comentado, una imagen que muestra cada fase del sonido con sus frecuencias, publicada en su blog. A grandes rasgos, lo que se escuchaba era esto:

- Tono de línea y marcación. Primero el módem comprobaba que había línea y marcaba el número del proveedor con los mismos tonos que un teléfono de teclas.
- Respuesta del otro lado. El módem del proveedor contestaba con un tono agudo y sostenido. Además de decir «aquí hay un módem», servía para desactivar los sistemas de la red telefónica pensados para eliminar el eco en las llamadas de voz, que en una conexión de datos estorbaban.
- Presentación de capacidades. Ambos aparatos intercambiaban una especie de menú con las normas que conocían, y se quedaban con la mejor que tuvieran en común.
- Sondeo de la línea. Llegaban los sonidos más raros: ráfagas que medían cómo se comportaba el cable a distintas frecuencias, para saber cuánta información podía exprimirse de él.
- Entrenamiento y datos. Por último, un siseo parecido al ruido blanco ajustaba los últimos detalles. Cuando eso terminaba, el altavoz se apagaba y empezaba la navegación.
Por eso no todas las conexiones sonaban igual ni duraban lo mismo: si la línea estaba sucia, el acuerdo se cerraba a una velocidad más baja de la prometida.
La letra pequeña de los 56 kbps
Los módems más avanzados de consumo anunciaban 56 kbps, una cifra que hoy da ternura: una conexión de fibra doméstica corriente es miles de veces más rápida. Y ni siquiera esa cifra se alcanzaba siempre. Esa velocidad solo era posible en sentido de bajada y dependía de la calidad de la línea y de la distancia a la centralita. La subida se quedaba bastante por debajo. A eso se sumaba que la conexión ocupaba el teléfono de casa y que, en muchos casos, se pagaba por tiempo conectado, lo que obligaba a navegar con el reloj en la cabeza.

También estaba el baile de unidades. Se hablaba indistintamente de baudios y de bits por segundo, aunque no son lo mismo: los baudios cuentan cambios de señal por segundo, y las técnicas de modulación permitían meter varios bits en cada cambio. Parte del ingenio de aquellas normas estaba precisamente en sacar más bits de una línea que no daba para mucho más.
Por qué importa
Aquel chirrido es un buen recordatorio de algo que sigue pasando hoy, solo que en silencio. Cada vez que el móvil se conecta a una red wifi, el router se sincroniza con la central o el navegador abre una web segura, hay una negociación parecida: los dispositivos se presentan, comparan lo que saben hacer y acuerdan un método común. La diferencia es que ahora ocurre en milisegundos y nadie la oye. Escuchar de nuevo aquellos pitidos, y entender lo que decían, ayuda a ver la red como lo que es: un acuerdo constante entre máquinas que tienen que entenderse antes de poder hablar.
- Pitidos molestos, ruidos extraños, toda una odisea: cómo conectábamos los primitivos módems a internet — Xataka
- The sound of the dialup, pictured — absorptions (blog de Oona Räisänen)
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