EDICIÓN Nº 030 · Miércoles 14 oct 2026
Curiosidades

Unas gallinas de Guinea con pesas en la pata explican por qué el ejercicio infantil compensa

Las gallinas de Guinea que crecieron con un lastre en la pata lo cargan de adultas sin gastar más energía. Las que no lo llevaron gastan un 23 % más.

Redacción2026-10-14ejercicio · infancia · gallina de Guinea · metabolismo · biomecánica
Helmeted Guineafowl (Numida meleagris) looking for crumbs ... (52705675818)
Foto: Bernard DUPONT from FRANCE · CC BY-SA 2.0 · Wikimedia Commons · realzada
Guinea fowl keets and bantam chicks
Foto: Calistemon · CC BY-SA 3.0 · Wikimedia Commons

Si alguna vez has subido tres pisos de escaleras y has llegado arriba resoplando, mientras un vecino de tu edad lo hacía silbando, quizá la explicación no esté en el gimnasio de este año, sino en el patio del colegio de hace décadas. O, al menos, eso apunta un experimento con unas protagonistas muy poco habituales: doce gallinas de Guinea con tobilleras de plomo.

No, no es el arranque de un programa de entrenamiento milagroso para aves. Es un estudio serio de la Universidad Estatal de Pensilvania (Penn State), publicado en 2026 en Proceedings of the Royal Society B, que se pregunta algo que nos afecta a todos: ¿moverse mucho de pequeño hace que moverse cueste menos de mayor?

El experimento: tobilleras de plomo para pollitos

El equipo, dirigido por los profesores de kinesiología Jonas Rubenson y Stephen Piazza, crio a doce gallinas de Guinea, unas aves de la familia de las gallinas con pinta de haber salido de un cuadro puntillista. Las siguió desde las dos semanas de vida hasta las dieciséis, que en su caso es pasar de pollito a adulto.

Helmeted guineafowl, South Luangwa National Park (51866799235)
Foto: I've Got It On Film! · CC BY 2.0 · Wikimedia Commons

Las dividió en dos grupos:

  • Seis aves «entrenadas», que llevaron durante todo el crecimiento una banda de plomo en una pata equivalente al 4 % de su peso corporal.
  • Seis aves de control, que crecieron sin lastre, viviendo su mejor vida ligera.

A partir de las nueve semanas, las aves pasaron también por la cinta de correr (sí, hay cintas de correr para gallinas de Guinea en un laboratorio de Pensilvania, y el mundo es un lugar mejor por ello). Para medir cuánta energía gastaban, los investigadores usaron una cámara metabólica que registra el oxígeno consumido, el dióxido de carbono expulsado y el vapor de agua. Vamos, el equivalente aviar a esas pruebas de esfuerzo con mascarilla que hacen los deportistas profesionales.

El resultado: un 23 % de diferencia en la factura energética

Cuando ya eran adultas, a todas les tocó caminar con peso. Aquí llega lo interesante. Las aves que habían crecido con la tobillera de plomo cargaban con ella sin gastar energía extra, como quien lleva unas llaves en el bolsillo. Las que nunca la habían llevado gastaban un 23 % más de energía al moverse con el mismo lastre.

A Helmeted guineafowl with three chicks in Swakopmund, Namibia
Foto: Richard N Horne · CC BY 4.0 · Wikimedia Commons

Hay otro detalle importante: estando quietas, de pie, no había diferencias entre los dos grupos. El ahorro aparecía solo al moverse. Es decir, no es que las entrenadas tuvieran un metabolismo distinto en general, sino que su cuerpo se había adaptado a moverse con carga mientras se desarrollaba.

«Cargar las extremidades durante el desarrollo puede ayudar a un animal a ahorrar energía al moverse durante toda su vida», resume Jonas Rubenson.

Traducido al idioma de la sobremesa: las aves que hicieron los deberes de pequeñas tienen la cuesta más fácil de mayores. Las otras siguen pagando el peaje a cada paso.

¿Y esto qué tiene que ver con los humanos?

Aquí conviene frenar antes de que alguien le ate pesas a su sobrino. El estudio se ha hecho con aves, solo con doce, y los propios autores reconocen que todavía no está demostrado que en las personas ocurra lo mismo. Una gallina de Guinea no es un niño de primaria, por mucho que ambos tengan tendencia a correr sin rumbo y a gritar.

Guinea Hen and Chick (4679007462)
Foto: U. S. Fish and Wildlife Service - Northeast Region · Public domain · Wikimedia Commons

Lo que sí plantea el trabajo es un mecanismo plausible: si moverse con carga durante el crecimiento hace que el cuerpo se vuelva más eficiente, la actividad física en la edad adulta sería menos agotadora. Y si cansa menos, es más probable que la gente siga haciéndola. Un círculo virtuoso que empezaría en la infancia.

Los investigadores lo ven como una pista sobre por qué el ejercicio infantil podría tener beneficios que duran toda la vida, más allá de lo que ya sabemos sobre salud cardiovascular o huesos. La idea de fondo es que el cuerpo en desarrollo «aprende» a moverse de forma económica según lo que se le exige, y que esa lección se queda.

El estudio, firmado también por Talayah Johnson y Kavya Katugam-Dechene como coautoras principales, junto a Ian Dechene y Roberto Castro Jr., contó con financiación de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos (NIH).

Por qué importa

Porque convierte una intuición de abuela («deja al niño que corra, que eso luego se nota») en una hipótesis medible, con un número detrás: un 23 % de diferencia en el gasto de energía. Si se confirma en personas, el recreo, la bici y el balón dejarían de ser solo diversión infantil y pasarían a ser una inversión con rentabilidad a muy largo plazo. Mientras tanto, la lección provisional nos la dan doce gallinas de Guinea en una cinta de correr: lo que se entrena de pequeño se paga menos de mayor. Y si ya tienes 35 años y te ahogas en las escaleras, consuélate: la ciencia aún no ha dicho que sea tarde, solo que habría sido más barato empezar antes.

Fuente: Johnson, T., Katugam-Dechene, K., Dechene, I., Castro Jr., R., Piazza, S. y Rubenson, J. Proceedings of the Royal Society B: Biological Sciences, 293 (2074), 2026. DOI: 10.1098/rspb.2026.0199. Vía ScienceDaily.

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