2.884 estrellas explotaron para avisarnos de que el universo quizá nos engaña
Un equipo de la Universidad de Queensland ha reunido 2.884 supernovas de tipo Ia, y los datos apuntan a que la energía oscura podría cambiar con el tiempo. Si se confirma, la cosmología tendrá que rehacer cuentas.

Imagina que llevas veinticinco años calculando cuánto tardas en llegar al trabajo dando por hecho que el tráfico es siempre igual. Un día juntas todos tus tiques de aparcamiento desde 1996 y descubres que a lo mejor no lo es. Pues algo así acaba de pasarle a la cosmología, aunque con estrellas que explotan en lugar de atascos.
Un equipo de la Universidad de Queensland (Australia) ha analizado 2.884 supernovas de tipo Ia recogidas durante tres décadas. Su conclusión, todavía prudente, es que la energía oscura podría no ser constante. Esa fuerza misteriosa que acelera la expansión del universo quizá cambie con el tiempo. Y eso tambalea uno de los pilares de la cosmología moderna.
Bombillas cósmicas de potencia conocida
Para entender por qué es tan gordo, hay que presentar a las protagonistas. Una supernova de tipo Ia es la explosión de una enana blanca, el cadáver compacto que dejan algunas estrellas al morir. Estas explosiones tienen una gracia enorme para los astrónomos: brillan de forma muy parecida entre sí. Si sabes cuánto brilla de verdad una bombilla y mides cuánto brilla vista desde lejos, puedes calcular a qué distancia está. Por eso se las llama «candelas estándar».

Con estas candelas se descubrió a finales de los noventa que el universo no solo se expande, sino que lo hace cada vez más deprisa. Al culpable se le llamó energía oscura, que es la forma elegante que tiene la ciencia de decir «no sabemos qué es, pero ahí está». El modelo cosmológico estándar la trata como algo fijo, una especie de cuota mensual del universo que nunca sube ni baja.
El problema es que quizá sí sube. O baja. O hace lo que le da la gana.
Treinta años de fotos, por fin en el mismo álbum
La gracia del trabajo no es haber descubierto supernovas nuevas, sino haber ordenado las viejas. El equipo, con el doctorando Ryan Camilleri y la astrofísica Tamara Davis, ha juntado datos de muchos proyectos distintos: el Dark Energy Survey (DES), Pan-STARRS, el Sloan Digital Sky Survey, el Supernova Legacy Survey, el Carnegie Supernova Project, la Foundation Supernova Survey y el sondeo del Center for Astrophysics, entre otros.

Cada uno usaba sus telescopios, sus filtros y sus manías. Mezclarlos sin más sería como comparar fotos del móvil de 2004 con las de uno actual y sacar conclusiones sobre el color de tu sofá. Así que el equipo revisó las observaciones antiguas con lo que hoy se sabe de las supernovas y corrigió los factores que distorsionan las medidas:
- Las diferencias entre telescopios e instrumentos.
- El polvo cósmico, que apaga y enrojece la luz por el camino.
- Las lentes gravitacionales, que pueden desviar y amplificar esa luz.
- La masa de la galaxia anfitriona, que también influye en cómo nos llega el brillo de la explosión.
«Hemos reconstruido tres décadas de observaciones astronómicas en un único marco coherente», resume Ryan Camilleri.
Es, básicamente, la mudanza más ordenada de la historia de la astronomía: miles de cajas etiquetadas por fin con el mismo rotulador.
Dos pistas que (casi) coinciden
Lo interesante es que no están solos. Según explica Tamara Davis, los datos de supernovas del DES ya dieron en 2024 los primeros indicios de una energía oscura cambiante. Además, el instrumento DESI (Dark Energy Spectroscopic Instrument) ha llegado a sospechas parecidas por un camino completamente distinto: estudiando las huellas que dejaron unas ondas sonoras del universo primitivo en cómo se reparten las galaxias.

Dos métodos independientes señalando en la misma dirección es justo lo que hace que los cosmólogos se incorporen en la silla. Eso sí, con matices: según Davis, ambos apuntan a que la energía oscura podría no ser constante, pero no señalan exactamente la misma desviación. O sea, los dos testigos dicen que el sospechoso llevaba chaqueta, pero uno la recuerda azul y el otro granate.
Conviene subrayar también que los resultados se han publicado como preprints en arXiv: un artículo con los resultados cosmológicos y otro sobre las medidas de masa de las galaxias anfitrionas. Es decir, todavía tienen que pasar la revisión por pares. Nadie está tirando a la basura los libros de texto… de momento.
Y ahora, ¿qué?
El equipo quiere ampliar la muestra con el programa DEBASS (Dark Energy Bedrock All-Sky Supernova), que buscará más supernovas cercanas bien medidas para afinar la regla con la que medimos el cosmos. Cuantas más bombillas bien calibradas, menos margen para el error y más difícil será que la energía oscura siga escondiéndose.
Si se confirma que cambia con el tiempo, el futuro del universo tampoco estaría escrito: su destino depende en gran parte de cómo se comporte esa fuerza. Así que, técnicamente, el final del cosmos acaba de pasar de «ya veremos» a «ya veremos, pero con más datos».
Por qué importa
La energía oscura domina el reparto del universo y aun así no sabemos qué es. Comprobar si es constante o si evoluciona es una de las grandes preguntas de la física. Según los investigadores, entender su comportamiento podría incluso ayudar a conectar la gravedad con la física cuántica, el rompecabezas que lleva un siglo resistiéndose. Y todo gracias a casi 3.000 estrellas que, sin pretenderlo, murieron con el brillo justo para ponernos en duda.
- Nearly 3,000 exploding stars challenge our understanding of the Universe — ScienceDaily (fuente: The University of Queensland)
- Preprint con los resultados cosmológicos (Camilleri et al.) — arXiv
- Preprint sobre las medidas de masa de las galaxias anfitrionas — arXiv
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