La peste ya mataba familias enteras en Siberia hace 5.500 años
El ADN antiguo sitúa a la bacteria de la peste entre cazadores-recolectores siberianos milenios antes de la Peste Negra, y en varios miembros de unas mismas familias.

Cuando pensamos en la peste, la imagen mental suele ser medieval: ciudades hacinadas, ratas, pulgas y carros de cadáveres. El ADN antiguo lleva años desmontando esa postal, y el último capítulo la empuja aún más atrás. Según el trabajo difundido por ScienceDaily, la bacteria de la peste ya circulaba hace unos 5.500 años entre grupos de cazadores-recolectores de Siberia, mucho antes de que existieran las grandes urbes y antes de que la enfermedad adoptara el ciclo de transmisión por pulgas que conocemos. Lo que sigue es un resumen propio del material publicado, no una traducción del original.
El detalle que más llama la atención no es solo la fecha, sino el patrón: los rastros genéticos del patógeno no aparecen en individuos sueltos y dispersos, sino en varios miembros de unas mismas familias. Es decir, la infección alcanzaba a grupos domésticos completos en comunidades pequeñas y móviles, justo el tipo de población que durante mucho tiempo se consideró demasiado dispersa para sostener una enfermedad así.
Una peste anterior a las ciudades
El relato clásico dice que las epidemias masivas nacen con la densidad: agricultura, almacenes de grano, roedores, mercados. Estos resultados complican ese esquema. Las cepas prehistóricas no necesitaban una metrópoli para matar; bastaba con la convivencia estrecha de un grupo reducido.

Además, el material apunta a un elemento inquietante en esas cepas antiguas: portaban un factor genético capaz de provocar reacciones inmunitarias severas. Dicho en corto, el peligro no vendría solo de la bacteria multiplicándose, sino de la respuesta desbocada del propio organismo frente a ella. Es una hipótesis derivada del genoma recuperado, no una observación clínica: nadie vio enfermar a estas personas.
Cómo se lee una epidemia sin testigos
La herramienta es la paleogenómica. A partir de restos humanos —sobre todo dientes y huesos densos, donde el ADN se conserva mejor— se extrae material genético degradado y se busca, entre el ruido del ADN humano y el de los microbios del suelo, el de un patógeno concreto. Después se compara con genomas actuales y antiguos para situar la cepa en un árbol evolutivo y estimar cuándo se separó de sus parientes.

- Lo que permite: confirmar la presencia de la bacteria en un individuo y fechar ramas evolutivas.
- Lo que no permite: saber con certeza de qué murió cada persona, cómo se contagió ni cuánta gente enfermó en total.
- El sesgo de fondo: solo se analiza lo que se conserva y se excava; la ausencia de pruebas en otras regiones no significa ausencia de peste.
Conviene por tanto leer estos hallazgos como una fotografía puntual, no como un censo. Detectar el patógeno en varias personas emparentadas es un indicio fuerte de transmisión dentro del grupo, pero la ruta exacta —contacto directo, animales, otra vía— queda abierta.
Por qué importa
Importa porque cambia la pregunta. Si la peste ya golpeaba a comunidades pequeñas milenios antes de la Peste Negra, la historia de la enfermedad deja de ser el efecto secundario de la vida urbana y pasa a ser una compañera mucho más antigua de nuestra especie. Y porque el foco en los factores que disparan respuestas inmunitarias extremas conecta la arqueología con un problema muy actual: en muchas infecciones graves, parte del daño lo hace la reacción del huésped. Reconstruir cómo eran esos patógenos hace cinco milenios es, en la práctica, ampliar el catálogo de lo que un microbio puede llegar a hacer.

Texto generado con inteligencia artificial a partir de las fuentes citadas, sin revisión humana individual (Reglamento UE 2024/1689, art. 50). Las fotos llevan su crédito y licencia; las marcadas como realzadas se han retocado con IA sin alterar su contenido.

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