Una marisma real, metida en la mayor máquina de olas del mundo: así aguantó la tormenta
Investigadores neerlandeses llevaron 306 m² de marisma del mar de Frisia al Delta Flume y la sometieron a olas de hasta 2 metros. El suelo apenas se movió y eso cambia cómo se diseñan los diques.

Las marismas salinas, esas praderas bajas que la marea inunda y vacía dos veces al día, tienen fama de ser una defensa natural de la costa. Hasta ahora había una duda importante: ¿siguen protegiendo cuando llega una tormenta de verdad, o se deshacen en cuanto las olas se ponen serias? Un equipo de los Países Bajos ha intentado responder de la forma más directa posible. Arrancó un trozo de marisma real y lo metió en una de las mayores máquinas de olas que existen. Esta pieza resume con nuestras propias palabras el estudio y las notas de prensa de las instituciones que participan. No es una traducción.
Una marisma de 300 metros cuadrados, transportada por bloques
El trabajo lo firman Pim Willemsen y sus colegas (primer autor, hoy en Wageningen University & Research y en Deltares) y se ha publicado en Nature (DOI: 10.1038/s41586-026-11145-8). En él participan la Universidad de Twente, Deltares, Wageningen, el instituto neerlandés de investigación marina NIOZ, la Universidad Tecnológica de Delft, la Universidad de Utrecht y la Universidad Leibniz de Hannover. La revista Nature le dedicó además una pieza informativa el 21 de octubre de 2026.

La marisma salió de la reserva natural de Peazemerlannen, en la costa frisona del mar de Frisia (Wadden). Entre septiembre y octubre de 2023, según ScienceAlert, el equipo cortó bloques de suelo de entre 40 y 70 centímetros de profundidad con su vegetación intacta. Cada uno pesaba entre 3 y 6 toneladas. Los llevaron unos 250 kilómetros, hasta Delft, y allí montaron una marisma de 306 metros cuadrados dentro del Delta Flume de Deltares, un canal de olas de 300 metros de largo. Las plantas dominantes eran gramíneas del género Elymus (Elymus athericus), armuelles (Atriplex) y el áster marino (Aster tripolium).
Después vino la tormenta artificial. La altura de ola fue subiendo poco a poco, desde 0,75 hasta 2 metros, y en total la marisma pasó unas 29 horas recibiendo olas.
Qué pasó: el suelo aguantó y las plantas, a medias
El dato que más ha llamado la atención es la resistencia del terreno. Tras 21 horas de oleaje, la superficie de la marisma había bajado de media solo 7 milímetros. El suelo quedó prácticamente intacto incluso con olas de 2 metros. Según la nota de la Universidad de Twente, a Willemsen le sorprendió
«lo fuerte que era la marisma bajo estas olas extremas, sin apenas erosión»(traducción propia).

La vegetación sufrió más, aunque no desapareció. ScienceAlert indica que la primera tanda de olas se llevó un 33 % de la biomasa aérea, es decir, de la parte de la planta por encima del suelo. Al cabo de 21 horas quedaba entre un 20 % y un 25 % de la biomasa original, y los tallos se habían acortado casi a la mitad. La investigadora del NIOZ Victoria Mason destaca que las plantas se partieron menos de lo esperado.
¿Y cuánto frenaban las olas? Aquí está el matiz importante:
- Con olas de 75 centímetros, las plantas aportaban entre un 6 % y un 22 % de atenuación extra.
- Con olas de 2 metros, ese efecto adicional de la vegetación bajaba a un 6 % como mucho.
- En conjunto, cuando el oleaje sobre la marisma no pasa de 1 metro, la vegetación reduce la energía de las olas de forma clara: más de un 10 % y hasta un 50 %. Por encima de ese umbral, la reducción no llega al 10 %.
Limitaciones: lo que el experimento no dice
El ensayo es a escala real, algo muy poco habitual, pero tiene sus límites. Se probó una sola marisma, de un único lugar y con una comunidad de plantas concreta. Otras marismas con distinto suelo, otras especies o en otra época del año podrían comportarse de otra manera. Además, un canal reproduce las olas, pero no todo lo que ocurre en una tormenta real: corrientes, cambios del nivel del mar, cómo se recupera la marisma en los meses siguientes o temporales que se repiten año tras año.

El propio resultado también pone un límite: en tormentas grandes, la marisma no frena tanto las olas por sus plantas como por su suelo. Lo que mantiene es su altura y su firmeza, que alejan el oleaje del dique. No hay que verla como una barrera milagrosa que sustituye a la ingeniería, sino como una pieza que se diseña junto a ella. Bas Borsje, de la Universidad de Twente, lo resume como empezar a diseñar «la marisma y el dique como un único sistema».
Por qué importa
Muchos países con costa baja tendrán que reforzar diques en las próximas décadas por la subida del mar y unos temporales más intensos. Este experimento ofrece algo que faltaba: pruebas medidas, a tamaño real, de que una marisma sana conserva su suelo durante una tormenta extrema. Tiene consecuencias prácticas. Según la Universidad de Twente, la autoridad del agua Wetterskip Fryslân ya ha usado los resultados en el refuerzo del dique Koehool–Lauwersmeer y ha evitado sustituir parte del revestimiento, con un ahorro que cifra en millones de euros. Y es un buen argumento para conservar estos ecosistemas: entre 2000 y 2019 se perdieron en el mundo unos 719 km² de marismas salinas. Protegerlas no es solo cuestión de biodiversidad, también es una forma de proteger la costa.
- Scientists put a salt marsh in a giant wave-machine: here's what they learned — Nature
- Salt marshes are proving to be powerful allies in building a climate-resilient coastline — University of Twente
- Salt marshes are proving to be powerful allies in building a climate-resilient coastline — TU Delft
- Scientists Transplanted a Wild Salt Marsh Into The World's Largest Wave Machine And Let an 'Extreme Storm' Rip — ScienceAlert
- Willemsen et al., Nature (2026) — Nature
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